C.2-Ep.1. La respuesta

Nota del autor: Del diario de ADRIANA IBÁÑEZ.

Nota del autor2: El número de teléfono de Adriana, que en la imagen original aparece completo, ha sido aquí truncado para mantener su privacidad.

Béjar, 28 de diciembre de 2017. 20:00 h. Parque de “La Corredera”.

Volver siempre viene acompañado de recuerdos contradictorios. La alegría de sentirme en casa, de rememorar buenos momentos con mis amigos, con mi familia y con el entorno; esos parajes privilegiados, entre la Sierra de Béjar y los Picos de Valdesangil que me vieron nacer, crecer y convertirme en la mujer que soy hoy: el primer amor, las primeras aspiraciones… Béjar despierta toda mi esencia.

Pero, desde hace cuatro años, retornar supone, quiera o no, revivir la muerte de mi padre. Con él nunca tuve una relación demasiado estrecha, quizás porque nos parecíamos demasiado, pero es alguien a quien extraño cada minuto desde su despedida: sus consejos, sus acciones y, más aún, sus reprimendas, cobran sentido a cada paso que doy.

Habían pasado diez días desde que Darío se había puesto en contacto conmigo y mis batallas internas se habían multiplicado desde entonces. En un primer momento, me había convencido de que era mejor no contestar; hacer mío el dicho de “agua pasada no mueve molinos”. Sin embargo, conforme transcurrieron aquellos primeros instantes, una necesidad irracional de volver a verle había calado hondo en mí. Por otro lado, era evidente que aquel mensaje solo podía deberse a la aparición de un fantasma de su (de nuestro) pasado.

Dejándome llevar, salí de casa. Caminar siempre aclara mis ideas. A esas horas, ya de noche, el frío era prácticamente el único compañero de paseo, a pesar de las fechas navideñas. Llegué al parque de “La Corredera” y me senté en el primer banco frente al templete. Una pareja de niños correteaba dando puntapiés a un balón. Al cruzarse conmigo, uno de ellos dejó escapar la pelota, que me rebotó en el pie.

—Señora, ¿nos pasa el balón? —exclamó el más alto de los dos.

Señora, ¿en serio?”. La inocente petición del muchacho me ensombreció el semblante. Tentada estuve de darme la vuelta y entrar en cualquier bar en busca de una cerveza, pero me rehíce. No podía pensarlo más, había llegado la hora de ser coherente con el pasado y actuar.

Ahora solo podía esperar. En realidad, ni siquiera estaba segura de haber actuado bien. Haber esperado tantos días para responderle… quizás él se había sentido defraudado ante mi indiferencia. De hecho, no me había insistido más. O, a lo mejor, ya era demasiado tarde… “Quítate esa absurda idea de la cabeza. Darío es fuerte, estará bien”, me repetía. Pero la sombra de la duda me atormentaba…

Para tratar de mantenerme ocupada, decidí proseguir el camino y dirigirme al parque de “La Aliseda”. Una vez llegué, me refugié en el murmullo del río, me acomodé en un lugar apartado y cerré los ojos. Mi silencio pedía a gritos un poco de paz.

El sonido de mi teléfono móvil me sobresaltó, de pronto. Instintivamente, descolgué y acerqué el terminal a mi oído.

—¿Sí? —dije, casi en un susurro.

—Adri, soy Darío. ¿Qué día prefieres que nos veamos?

(Continuará…)

Texto revisado por Sara García.