C.1-Ep. 3. El momento

Nota del autor: Del diario de ADRIANA IBÁÑEZ.

Madrid, 18 de diciembre de 2017. Tribunal Supremo.

Entrar en aquella sala se había convertido en el sueño de mi vida desde mucho antes de ser una joven estudiante de Derecho; fantaseaba con moverme por esos pasillos en las conversaciones con mis amigos del instituto cuando ellos solo pensaban en salir, beber, el rollo de siempre… Cuando me veían ensimismada en proyectos, solían, como mucho, darme una palmadita en la espalda y recordarme que vivía en una villa y que antes tenía que lograr salir de ahí. Pero yo estaba segura de que lo conseguiría o, al menos, de que haría todo lo posible por ello; no escatimaría en esfuerzos para lograrlo.

Y el día, tras casi diez años a las puertas, había llegado. La solemnidad de aquel lugar, de aquella fecha, se adivinaba incluso desde la escalinata de acceso al Palacio de Justicia, que vestía con elegancia el llamado Palacio de las Salesas Reales desde la primera mitad del siglo XX. Era frecuente que allegados y conocidos me mirasen extrañados cuando me escuchaban recrear detalles de aquel lugar.

—Su sueño es defender un caso en el Tribunal Supremo. Y ganarlo —decían—. Así es Adriana.

Mi mente era un hervidero de pensamientos y mi cuerpo vibraba con cada movimiento mientras me conducían hacia la Sala Segunda: “Recuerda este día, Adri. Tu vida no será igual a partir de ahora”.

—Por aquí, letrada Ibáñez. ¿Lo tiene todo preparado? —la pretendida amabilidad del funcionario me infundió, de repente, un cierto temor reverencial ante la situación.

—Preparada y dispuesta —respondí, pretendiendo ser educada, pero con un punto de insolencia que me sorprendió, incluso, a mí misma.

En apenas un par de minutos llegamos a la antesala del lugar donde habría de celebrarse la vista. Respiré hondo y conté hasta diez: era un viejo truco que me había enseñado mi padre hacía muchos años, cuando los nervios me atenazaban cuando debía enfrentarme a un examen oral.

—Controlar tus nervios te ayudará a sacar lo mejor de ti —me decía siempre—. Maneja la situación y nada podrá pararte.

Aquella frase había sido siempre una fuente de confianza para mí, pero desde el día en que mi padre nos dejó, hacía casi cinco años, aquel pensamiento pasó a ser, simplemente, el motor que me impulsaba a levantarme cada mañana.

Por fin accedimos a la sala. El color rojo, predominante, y la viva luminosidad dotaban al lugar de una majestuosidad regia. Las lámparas que adornaban los laterales y los detalles en oro de las paredes parecían testigos intemporales de la opulencia y de la rectitud del Estado español. Mirando alrededor, franqueando el espacio, podían admirarse varias columnas, que aguardaban, pacientes, con ojos de mármol antiguo y sostenían un precioso artesonado de madera que cubría el techo. Este combinaba con la amplia mesa de madera con motivos en relieve, aportando un ingrediente de elegancia reforzado por el conjunto de sillas que engalanaban el estrado, resaltando especialmente las ocho destinadas a ser el soporte de los magistrados. Pero lo que más llamó mi atención fue la lámpara de araña que coronaba la altura, como si se tratara del final perfecto para una bonita historia. Al dejarme envolver por lo que veían mis ojos estuve segura: aquella habitación había sido testigo de cientos de historias; justas o no, reales o ficticias.

Estaba lista. El esfuerzo, los sacrificios realizados, las amistades y relaciones perdidas, la soledad a la que me había visto arrastrada… todo parecía verse recompensado, en ese instante, al maravillarme ante la panorámica y aguardar a vivir el momento más importante de mi carrera y, no tengo miedo a reconocerlo, de mi vida.

 Me encontraba a punto de franquear la puerta de entrada cuando uno de los dos teléfonos móviles que llevaba encima comenzó a vibrar. Estaba en el lado derecho, así que era el número de terminal profesional. “¿En serio? ¿Justo ahora? Se me había olvidado apagar este”. Tratando de contener los nervios dejé, despacio, mi maletín de piel en el suelo, junto a mis pies y saqué el teléfono del bolsillo.

Sin apenas terminar de leer el mensaje, apagué el móvil con furia. De repente, el día más feliz de mi vida se había convertido en una tétrica pesadilla.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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