C.2-Ep.3. Una llamada inesperada

Nota del autor: Del diario de ADRIANA IBÁÑEZ.

Salamanca, 3 de enero de 2018. 21:10 h. Plaza Mayor.

Aquel había sido un buen día. Tras una interesante tarde con algunos amigos de la infancia que ahora vivían en Salamanca, había llegado el momento de recuperar una historia de mi pasado y de reencontrarme con Darío; esa persona a la que, por muchos años que pasen, nunca llego a olvidar, pero a la que tampoco tenía muy claro si deseaba ver o no. No obstante, le había dado mi palabra y eso, para mí, tenía más valor que cualquier contrato o juramento. Debía reconocer además que el lugar elegido para nuestro café me agradaba. Aunque yo nunca llegué a estudiar en Salamanca, era de esos rincones que rezumaban juventud, Universidad e historia. Dejé la Plaza Mayor y caminé, con calma, por la Rúa Antigua, hasta llegar a la Casa de las Conchas y doblar en dirección a El Alcaraván.

Cuando me senté en una de las sillas de mimbre del piso de arriba, Darío todavía no había llegado, así que decidí esperar unos minutos antes de pedirme un café con leche. Al cumplirse la hora convenida, decidí comenzar sin él, pues aún sentía el frío dentro de mí tras pasar toda la tarde expuesta al viento y a la lluvia. En ese momento, un mal presentimiento recorrió mi cuerpo; un escalofrío que me estremeció de pies a cabeza.

Pasados veinte minutos desde que terminé mi café comencé a sentirme molesta primero, enfadada después. Había sido él quien había implorado por verme y, sin embargo, no se dignaba en aparecer. Convencida de que se había echado atrás, o peor aún, que todo había sido una broma inexplicable, recogí mis cosas de la mesa, pagué la cuenta y salí del local. En el preciso momento en que pisé la calle, mi teléfono personal sonó. En un primer momento, pensé que sería Darío, preparando algún tipo de excusa para justificar el plantón, así que no lo atendí. En apenas cinco minutos, recibí tres llamadas más a las que había hecho caso omiso. Me dirigí al lugar donde había aparcado el coche, contrariada, y escribí un mensaje a una amiga con la que había quedado en Béjar: “Llegaré antes de lo previsto. El impresentable con el que había quedado no se ha presentado. Te escribo cuando llegue y nos vemos”.

Me disponía a arrancar cuando recibí un aviso en el móvil, alertándome de que tenía un mensaje en el buzón de voz. Me sorprendió, pues ni siquiera sabía que lo tenía activado, así que lo escuché: “Tan terca como siempre. Tu amigo Darío ha tenido un pequeño… contratiempo y no ha podido acudir a su cita contigo. No le culpes. ¡Ah! Y permíteme un consejo: este no es tu problema; aléjate, podrías tener algo menos de suerte que tu amigo. Un ‘afectuoso’ abrazo”.

—¡Dios mío, Darío! ¿Dónde estás? ¿Qué te ha pasado? —grité, histérica, dentro del coche.

De repente, me quedé en blanco: no sabía qué hacer, a dónde acudir. En ese preciso instante, comprendí que había sido injusta… y egoísta. Ya no conocía nada de la vida de mi amigo, lo había dejado a merced del destino durante mucho tiempo y ahora pretendía volver, imponiendo mis condiciones.

Revisé entonces las cuatro llamadas perdidas, en busca de algún número o de alguna pista que me rescatara de aquel desconcierto. Nada: las cuatro aparecían reflejadas con identidad oculta… Me sentía desolada y estúpida, pero era consciente de que no arreglaría nada lamentándome en mi coche. Poco más podía hacer, por el momento. Puse en marcha mi Renault Captur y volví a Béjar. Pero no salí con mi amiga. En su lugar, me recluí en casa de mi madre, dándole vueltas a la suerte de Darío y preguntándome, angustiada, si volvería a estar con él alguna vez.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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