C.2-Ep.4. El regalo

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Lugar, fecha y hora desconocidos.

¿Dónde estaba? Había perdido, por completo, la noción del tiempo. Me encontraba sentado, en lo que parecía una silla de madera, con dos postes y una tabla a modo de respaldo. Tenía un antifaz tapándome los ojos, las manos atadas a la espalda y una pequeña bola de goma unida a una cinta impidiéndome hablar. Me dolía fuertemente la cabeza, a pesar de que lo último que recordaba era un intenso calambre en la espalda. No reconocía el lugar ni era capaz de predecir si era de día o de noche. Estaba completamente desorientado y aturdido.

Pasaron unos instantes, no pude concretar cuánto tiempo, hasta que mi mente comenzó a funcionar con normalidad. Identifiqué un fuerte olor acre en el ambiente y humedad. Conforme me recuperaba del aturdimiento, traté de poner en orden los últimos acontecimientos: las últimas sentencias que había redactado en mi estudio, cómo había salido de casa y había decidido ir caminando hasta El Alcaraván, cómo pretendía reaccionar al ver a Adriana y cómo iba a contarle aquello que me atormentaba en las últimas semanas… todo formaba un puzle irresoluble en mi cabeza, sin principio ni fin, ni coherencia.

No tenía dudas, aquello debía ser obra del Solucionador. No obstante, repasé mentalmente mis últimos casos, por si descubría otro interesado en aguarme la fiesta. Ciertamente, había varios sujetos que me habían jurado venganza, incluso alguno intentó darme un susto, pero, en realidad, nadie había dado muestras de querer llegar tan lejos y quien podía hacerlo, hace tiempo que se encuentra en una celda de aislamiento.

Tras un breve lapso de tiempo, entró en el habitáculo un hombre de complexión fuerte. Mediría aproximadamente 1’90 y no bajaría de los 100 kilos de peso. Así descubrí que en la pared más alejada a mi posición había una puerta. Con la tenue luz exterior que entró a la par que mi inesperada visita, pude hacerme una composición del lugar donde me habían confinado: una sala rectangular de unos seis metros cuadrados. Me encontraba en una de las bases, cerca de la pared. El suelo tenía unos centímetros de agua, por lo que era probable que estuviera en un bajo, o en una edificación a ras de suelo. No había ventanas y apenas pude encontrar un pequeño respiradero en el muro que quedaba frente a mis ojos.

El hombre venía solo, con un plato en una mano y un arma en la otra. Me ofreció lo que parecía un pequeño sándwich con bastante mal aspecto y un vaso de agua; acepté únicamente la bebida.  Ante el desaire, el hombre me abofeteó con fuerza y tiró la comida al suelo, pisándola con rabia.

—He prometido a mi jefe que no le haría daño, pero no me gustan los arrogantes —espetó. Tenía acento extranjero, probablemente balcánico, aunque no supe concretar su origen—. Me ha dado un mensaje para usted, escuche. Dicho esto, sacó un teléfono móvil de su bolsillo y accionó una grabación. No pude reconocer el autor, pues aparecía distorsionada: “Darío, viejo amigo. No son estas las circunstancias en las que me habría gustado ponerme en contacto contigo, pero tu imprudencia me ha obligado a improvisar. Déjala al margen de todo; esto es algo entre tú y yo. No debiste escribirla: solo pretendía que cumplieras la promesa que me hiciste hace diez años. Reconsidera tu posición y actúa con coherencia, por el bien de todos. Haz que ella se olvide de todo, que no interfiera, y me volveré a poner en contacto contigo para retomar nuestros negocios. Ahora podrás marcharte, no sin antes recibir un pequeño ‘regalo’ de despedida, por las molestias y para que no olvides los términos de nuestro contrato. Un ‘afectuoso’ abrazo”.

Terminado el audio, el esbirro del Solucionador guardó el teléfono de nuevo y me obligó a ponerme en pie. El miedo había comenzado a pasarme factura y comprobé que el sudor que recorría todo mi cuerpo se había mezclado con la orina que no había podido controlar en mis pantalones. Aquel monstruo rajó la cuerda que mantenía mis manos atadas a la espalda, dejándome libertad por unos segundos. No pude reaccionar, estaba aterrorizado. Me empujó hacia el otro lado de la sala y, en un momento, esposó mis manos a unos grilletes sobre el muro, dejándome con los brazos abiertos en forma de cruz.

No lo vi venir. Antes de darme cuenta, recibí un primer puñetazo en la boca del estómago. Aquel golpe me cortó la respiración y creí morir. Me doblé hacia adelante, presa del dolor, hasta el límite de movimiento que permitían los grilletes. El monstruo cogió mi cabeza y la empujó hacia atrás. Me golpeó en dos ocasiones más, en la zona de las costillas y terminó con un gancho de derecha en la mandíbula. Mi boca me supo a sangre.

—¡Suficiente! —dijo una voz desconocida desde la puerta desde la que había accedido mi nuevo ‘amigo’—. Solo se trata de hacerle un ‘regalo’.

Aquella voz… juraría que la había escuchado antes. No era la del Solucionador, por supuesto, pero me era conocida. Se trataba, sin duda, de una mujer: joven, pero con autoridad. No se había referido a mi antiguo compañero Miguel Ángel como “el Jefe” y el monstruo la obedeció sin rechistar. Mi último recuerdo de aquella experiencia fue un nuevo calambre en la espalda, esta vez más intenso que en la primera ocasión.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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