C.3-Ep.2. La búsqueda

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Salamanca, 4 de enero de 2018. 16:00 h.

Necesitaba digerir los sucesos de madrugada, así que, tras mi velada con Desiré decidí apretar el paso y llegar a mi casa cuanto antes. Entré en mi pequeño cuarto, me quité los zapatos y me vencí sobre la cama, esperando que unas horas de sueño consiguieran apaciguar todos mis fantasmas.

Me desperté a eso de las cuatro de la tarde desorientado y más cansado de lo que había estado durante la noche. Mi existencia era, en ese momento, un hervidero de emociones y pensamientos que pugnaban por ganar mi favor; el resultado era peor que el de una mala resaca: dolor de cabeza, un nudo en el estómago y un sentimiento de culpa, solo expiado a medias.

Dediqué unos largos minutos a aclarar mis ideas bajo la ducha, tratando de priorizar las tareas a las que debía dedicar mis esfuerzos. En primer lugar, debía llamar a Adriana: estaba seguro de que, tras el desplante del día anterior, no le quedarían muchas ganas de cogerme el teléfono, pero debía avisarla de lo que había sucedido y prevenirla de la amenaza que, aunque velada, me había lanzado la hermana de Miguel Ángel respecto a su persona. Fuera lo que fuera lo que el destino me tenía reservado con aquella historia, no iba a permitir que salpicara a quien, a pesar de los años de ausencia, seguía queriendo más de lo que me gustaba reconocer.

¿Pero qué coño te pasa, Darío? ¿En qué momento te has dejado arrastrar al abismo? Dices que Adriana te sigue importando, a pesar de que has estado casi una década sin saber siquiera si estaba bien. Cuando pudo ser, te acojonaste, como haces siempre, y ahora dices que te importa… Y si es así, ¿a qué vino lo de anoche? ¿qué sentido tiene dar rienda suelta a quien está intentando joderte la vida? ¡Te besó, mierda, te besó! Y no solo no hiciste nada para evitarlo, sino que además te sentiste atraído… ¡eres un imbécil!

Estos pensamientos tan agradables de mí mismo ocuparon los minutos siguientes, mientras tomaba una taza de café que me había quedado de hacía dos noches y comía un par de galletas para engañar un poco al estómago.

Debía llamar a Adriana. No podía esperar más. Si había cumplido con su plan de viaje, seguramente estuviera ya de vuelta en Madrid por lo que dudé si esperar a más tarde para hablar con ella. Decidí, sin embargo, que lo mejor era ponerme en marcha lo antes posible.

—¡Joder, Darío, me tenías preocupada! ¿Estás bien? —no era enfado, sino angustia, la emoción que percibí cuando Adriana descolgó el teléfono.

—Adri, yo… siento mucho… tengo que contarte…

—¡Dime si estás bien! —ni siquiera me permitió terminar de excusarme—. Ayer, mientras te esperaba en El Alcaraván, me telefoneó un número oculto. No lo cogí y me dejaron un mensaje en el contestador. Era Miguel Ángel. Me dijo que habías tenido un contratiempo… Yo… no sabía qué hacer… —ella fue quien se disculpó.

—Tranquila. Estoy en casa. Estoy bien. Pero debemos vernos, cuanto antes. ¿Has vuelto ya a Madrid? —la corté, conciliador. No quería que se sintiera culpable por nada del mundo.

—Sí, esta mañana. Y no sé cuándo volveré…

—OK. Voy a pedirme unos días, dime cuándo te viene bien y me acerco yo hasta allí. Envíame dónde vernos. No me fío ni de mi sombra; podrían estar vigilándonos, incluso no descarto que nos hayan pinchado los teléfonos —a esas alturas de la película, era plenamente consciente de que debía ser cuidadoso en extremo. En el poco tiempo que había pasado desde nuestro reencuentro, el Solucionador me había demostrado que sus tentáculos llegaban a lugares inaccesibles para la mayoría de la gente.

—De acuerdo. En cuanto colguemos, te lo envío. Cuando lo leas, borremos ambos la conversación —me sugirió.

—Conforme. Gracias, Adri.

—Me alegro de escucharte bien, guaperas —y colgó.

Inmediatamente, recibí un mensaje de Whatsapp con el lugar, la fecha y la hora en la que, por fin, estaríamos frente a frente. Algo más calmado, me vestí a toda prisa y salí en dirección a los Juzgados: debía empezar a reducir la ventaja con mi excompañero si quería tener alguna opción de salir con bien de todo aquello.

El primer paso debía ser solicitar el Certificado de Antecedentes Penales de Miguel Ángel, así como consultar la ficha de antecedentes policiales. En una persona con la actividad que le presumía a mi excompañero, no era descabellado suponer que él no era un desconocido en ninguno de los dos registros. Pero no me iba a quedar ahí: debía averiguar todo lo posible de los últimos años en la vida del que un día había sido mi mejor amigo y, de paso, tantear si el nombre de su padre, el célebre letrado Miguel López Rivera, también aparecía por los mentideros policiales.

Tras acceder al Registro Central de Penados y cursar la petición del Certificado, debía realizar dos llamadas de urgencia: la primera, al inspector Manrique, un buen amigo actualmente destinado en la Comisaría del distrito de Fuencarral – El Pardo en Madrid, a quien había conocido años atrás en circunstancias poco relacionadas con la profesión; la segunda, a un conocido que trabaja en el Centro Nacional de Inteligencia, cuya identidad omitiré por motivos obvios. Ambos me deben más de un favor y había llegado el momento de nivelar la balanza.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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