C.3-Ep.3. El reencuentro

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Madrid, 7 de enero de 2018. 12:00 h. Domicilio de Adriana Ibáñez.

No supuso demasiado esfuerzo encontrar el apartamento de Adriana. A escasos dos minutos de una de las calles más céntricas de Madrid, el bloque guardaba una apariencia modesta, aunque cuidada. Había llegado desde Salamanca un par de horas antes, así que decidí hacer algo de tiempo paseando por algunos lugares que me llevaron de vuelta a mis años de Universidad.

Cuando me paré delante del portal, dispuesto a llamar al portero automático, me subió desde el estómago un súbito nerviosismo. “Es hora de volver a verla”… Volví a sentir el mismo cosquilleo de la primera vez cuando contestó a mi llamada y me dio paso al edificio. La persona que me abrió la puerta era, si cabe, más atractiva que la que habitaba en mis recuerdos.

—Los años te han tratado muy bien, Adri —titubeé.

¿En serio esa fue la primera frase que se me ocurrió decirle? No había empezado con buen pie”.

—Deja de ligar conmigo, guaperas, que nos conocemos. Pasa —Adriana me recibió con una sonrisa de esas que son capaces de parar el tiempo. En aquel momento me pregunté por qué había dejado pasar tanto tiempo para volver a verla. Quizás… me estaba dando cuenta de cuánto la había echado de menos.

Me acompañó hasta el salón y me invitó a sentarme en uno de los dos cómodos sillones de Chesterfield de una plaza que custodiaban una elegante mesa baja de centro de madera, en tonos negro brillante y ciruelo. La decoración de la estancia era un fiel reflejo de la personalidad de Adriana: elegante y desenfadada. Predominaban los colores claros, como si toda la habitación quisiera combinar con el verde intenso de los iris de su dueña. Esos ojos… Me llamó la atención, por encima de todo, una estantería francesa en madera situada cerca de una ventana que daba acceso a un pequeño balcón. Sobre ella, una figura que me resultaba familiar: una cerámica de barro negro de Oaxaca que le regalé a la vuelta de mi primer viaje a México, allá por mi segundo año de carrera universitaria. La voz de mi amiga, desde la cocina, me devolvió a la realidad.

—¿Te apetece beber algo? ¿Agua, café, una cerveza? —su voz resonaba viva, aunque se descubría un tinte de preocupación.

—Un café estaría bien —respondí, todavía recordando aquella primera visita a tierras mexicanas.

Adriana volvió con dos tacitas humeantes de café, un pequeño azucarero y un platito con algunas pastas de té.

—Huele de maravilla —dije, encandilado por el aroma.

—Es colombiano… o, al menos, eso me aseguran en la tienda gourmet donde lo compro —me respondió, dedicándome una de sus sonrisas de “todo está bien si estamos juntos”. Esa sonrisa…—Bueno, cuéntame lo que ha pasado, desde el principio.

Durante dos horas le di detalles de cómo hacía algo más de dos meses había recibido un correo electrónico desde una cuenta denominada “El Solucionador”, de cómo, desde entonces, tenía la sensación de que me vigilaban y concluí con el desafortunado encuentro que había tenido con Desiré, la hermana de Miguel Ángel, y sus matones hacía escasos días.

— ¿Te hicieron daño esos salvajes? —quiso saber, aunque parecía temer mi respuesta.

—No, supongo que fue un encuentro de advertencia. Sabían dónde golpearme para hacerme daño momentáneo, pero para no crearme excesivos problemas —respondí, tratando de tranquilizarla.

La cara de Adriana se endureció cuando pronuncié el nombre de la hermana de Miguel Ángel.

—No sabía que tuviera una hermana —expuso, molesta.

—Yo tampoco —concordé—. Pero parece que ella sí que me conocía y me tenía bien localizado.

Tuve cuidado de no asustarla, aunque me sentía en la obligación de prevenirla respecto de las palabras de Desiré. No solo yo estaba en peligro, y si Adriana seguía involucrada en este asunto, su integridad podía verse comprometida.

—Adri, quizás deberías apartarte. Lamento haber vuelto a tu vida en estas circunstancias. Quizás fue un error escribirte… yo… —acerté a decir.

—Déjalo ya, D.J. Ni te plantees que te voy a dejar solo ahora. Ya fui cobarde una vez: me enfadé como una niña y salí corriendo. Pero ya no más; estamos juntos en esto —parecía que, al pronunciar aquellas palabras, estaba descargando un peso que llevara mucho tiempo anquilosado dentro de ella.

—Está bien, pero… —objeté.

—No hay peros. Llegaremos al final de esta pesadilla, tú y yo, ¿entendido? —me interrumpió, conciliadora—. Escucha, ¿por qué no comemos algo por ahí y nos ponemos al día?

—Me parece una gran idea —accedí—. ¿Nos movemos por el centro, como en los viejos tiempos?

De repente, teniendo a Adriana a centímetros de mí, sentí que nada malo podía pasarnos. De haber conocido el final de toda esta historia en ese momento, no habría consentido que ella se involucrara lo más mínimo en ayudarme. No a ese precio.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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