C.3-Ep.5. Las dudas

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Madrid, 7 de enero de 2018. 19:25 h.

—¿Mamá? ¿Estáis bien? Os llevo llamando toda la tarde, me teníais preocupado —suspiré cuando la voz de mi madre respondió, por fin, al otro lado del teléfono.

—Hola, Darío, hijo. Sí, estamos bien… es que tu padre y yo hemos salido a dar una vuelta y nos hemos olvidado los móviles en el salón —respondió, apagada, como solía ser habitual—. ¿Qué te sucede? ¿Necesitas algo?

—No, mamá, nada. ¿Estáis en casa? Llamo porque he tenido que venir a Madrid por unos asuntos de trabajo y, si no os importa, quisiera ir a casa a dormir. Solo serían esta noche y la de mañana… el martes tengo que reincorporarme en Salamanca.

—Claro, hijo. Ven cuando quieras. Solo que, como no me has avisado, no tengo preparado nada especial… —se justificó mi madre.

—No os preocupéis, voy simplemente a veros y a pasar la noche. Salgo ahora de Madrid, nos vemos en media hora, más o menos.

Un maremágnum de recuerdos se agolpa en mi cabeza cada vez que vuelvo a casa de mis padres: la indiferencia mal maquillada de mi padre, la impotencia perpetua de mi madre o la ausencia irreparable de David se intensifican cuando Fuenlabrada me abre las puertas o… me atrapa entre sus garras. Por otro lado, retornar me transporta a mi niñez y me recuerda de dónde vengo y todo lo que he logrado en la vida. Eso me permite sentirme, fugazmente, orgulloso de mí mismo.

El ambiente era especialmente frío tras la caída del tímido sol invernal y mi cuerpo se había destemplado mientras paseaba, así que aligeré el paso en busca de mi coche y subí la calefacción en cuanto arranqué y puse rumbo al hogar familiar. Durante el trayecto, traté de poner en orden mis ideas y de idear los pasos que debía dar a partir de ese momento. Para empezar, debía mostrarme firme con mis padres: no podían llegar a sospechar el motivo real de mi viaje a la capital. Apenas conocieron a Miguel Ángel, aunque no les hizo falta para culparle, no sin cierta razón, de mi caída en desgracia casi irreparable tras la muerte de David. Lo que menos necesitaba ahora es una retahíla de advertencias y suspicacias.

Llegué a Fuenlabrada poco más de media hora después. Hacía tres meses desee la última vez, aunque el barrio seguía prácticamente igual a excepción de algunas luces y adornos navideños que aún resistían en pie, engalanando la imagen. Comenzó a nevar tímidamente, y el fino manto blanco que comenzaba a cubrir el suelo regalaba una bonita fotografía a los escasos valientes que nos cruzábamos miradas resignadas por la calle.

Encontré a mi madre terminando de preparar la cena: merluza al horno en salsa verde. Agradecí el gesto; se había esforzado en preparar uno de mis platos favoritos. La merluza de mi madre era, sin duda, la mejor de cuantas había probado a lo largo de mi vida. Mi padre estaba en su pequeño despacho del piso de arriba. En realidad, se trataba de la antigua habitación de mi hermano David. Cuando nos dejó, mi padre optó por la solución pragmática y lo adaptó como lugar de trabajo, con varios ordenadores conectados en red, una pantalla led curva y varios artilugios cuya utilidad nunca tuve muy clara. Debía reconocer que darle un nuevo destino al que había sido el santuario de mi hermano era la mejor idea para intentar difuminar los recuerdos que todavía guardaban sus paredes.

Al verme, mi padre se levantó de su silla y se acercó a saludarme. Un abrazo, frío, como de costumbre, aunque en sus gestos denoté más cansancio del habitual, como si una parte de su fuero interno deseara perdonarme de una vez. Me invitó a pasar y me explicó los detalles de su nuevo trabajo: el desarrollo de un software espía para monitorizar los ordenadores y los terminales móviles que lo tuvieran instalado; un encargo de no sé qué gran empresa asociada a las telecomunicaciones.

Me preguntó el motivo de mi visita y lo precipitado de mi llamada. Ahí debía mantenerme seguro: se trataba de un viaje de trabajo para participar en un par de seminarios durante el día siguiente a petición del Consejo General del Poder Judicial.

—Muy bien, hijo. Me alegro de que hayas decidido venir a vernos —expuso mi padre, no muy convencido.

—Claro, papá. Siento no haber podido avisaros con más tiempo…

La cena transcurrió con normalidad. Mi madre se interesó por mi trabajo, y por mi vida. “Nada nuevo”, les había dicho a pesar de que la perspicacia de la persona que me había traído al mundo no se había quedado conforme con mi respuesta.

Dimos buena cuenta de la merluza y de la macedonia de frutas con que mi madre me obsequió para terminar de endulzar la noche. Debía reconocer que me alegraba de haber decidido pasar estas noches en casa. Cuando terminamos, mi madre se marchó a su cuarto y mi padre volvió a su despacho. Yo me recluí en mi habitación y traté de poner en orden los acontecimientos del día: volver a encontrarme con Adriana me había afectado más de lo que me atrevía a reconocer.

A los pocos minutos, mi madre llamó a la puerta.

—Hijo, ¿puedo pasar? —preguntó. Había un brillo triste en sus ojos que me preocupó.

—Por supuesto, mamá. Es vuestra casa, no tienes que pedirme permiso.

—Bueno… no quiero entrometerme en tus cosas, pero creo que hay algo que te preocupa. Soy tu madre, te lo noto. No tienes por qué contárnoslo, pero quiero que sepas que nosotros estamos aquí para lo que necesites, siempre —estas palabras me emocionaron, aunque me esforcé por mantener la compostura.

—Mamá, no tienes que….

—Darío, sé que desde la muerte de tu hermano tu relación con nosotros, especialmente con tu padre, no ha sido la mejor. Él no supo encajar el golpe y lo pagó con quien menos debía. Por otro lado, tú te alejaste de nosotros. A tu padre no le pasas ni una y él no sabe cómo acercarse a ti. Cariño, tu padre no te odia, ni te culpa por lo que pasó… el mayor miedo que le queda es haberte perdido a ti también. Ya eres un adulto. Quizás deberías dar tú el primer paso… —mi madre siempre ha sido una persona sensata, con una inteligencia emocional especial.

—De acuerdo, mamá. Hablaré con él. Y tú, ¿qué tal estás? —quise saber.

—Por mí no te preocupes. El médico dice que sigo deprimida, pero lo que no entiende es que la pérdida de tu hermano es un golpe del que nunca me recuperaré. Pero he aprendido a sobrevivir con ello y aquí seguiré hasta que Dios quiera —y me sonrió francamente, buscando tranquilizarme.

El sonido de mi teléfono móvil interrumpió la conversación confidente entre ambos, un regalo sincero y necesario que debimos darnos mutuamente hace mucho tiempo.

—Te dejo, hijo, que descanses —se despidió, antes de cerrar la puerta tras de sí.

En la pantalla de mi terminal aparecía una única identificación como “número oculto”, por lo que dudé en atender la llamada. Finalmente, me decidí.

—Sí, ¿quién es? —pregunté, endureciendo la voz todo lo que pude.

—Darío, soy el inspector Manrique. Te llamo desde una línea segura. Sé que estás en Madrid. Debemos vernos urgentemente, mañana por la mañana si puedes. Creo que he descubierto algunas cosas que debes saber.

Colgamos pasados apenas dos minutos, suficientes para fijar la hora y el lugar de nuestra reunión fuera de la Comisaría de Fuencarral. No era prudente que nadie nos viera juntos en dependencias policiales. Ni que decir tiene que lo que en principio pretendía ser una noche tranquila, se tradujo en un desasosiego intenso que me impidió dormir en toda la noche.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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