C.4-Ep.4. La cita

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Salamanca, 8 de enero de 2018. 20:20 h.

Llegué a Salamanca con tiempo suficiente para pasar por casa y darme una ducha. Revisé mi habitación desordenada, junto al cuarto de baño, y me invadió la sensación de llevar ausente una eternidad. Amontoné en un rincón la ropa arrugada que tenía esparcida sobre la cama y guardé algunos documentos en el primer cajón del escritorio antes de elegir unos vaqueros y mi camisa Chevignon azul marino estampada en puntos blancos.

Dejé que el agua recorriera mi cuerpo despacio, me relajara y aliviara el estrés de los días pasados. Al salir, miré el reloj: menos de media hora para las diez. Recogí mi gabardina corta en gris plomo y cerré la puerta con llave tras de mí.

Tardé poco más de cinco minutos en llegar al Parador y aparcar el coche en los exteriores. Un empleado se dirigió a mí, con extrema amabilidad, en el instante en que atravesé el acceso principal del hotel.

—Buenas noches, señor Luque. La señorita López le espera en su habitación, permítame acompañarle —me sugirió, dejándome sin tiempo para reaccionar.

En cualquier otra ocasión, la fingida sonrisa de aquel hombre espigado me habría pasado inadvertida, pero en aquella, puso todos mis sentidos en alerta. Traté de rehusar su invitación y evitar que me guiara, pero, cuando quise darme cuenta, me señalaba, servicial, la habitación donde me aguardaba la hermana de Miguel Ángel.

Me habría gustado tener un minuto de soledad para ordenar los acontecimientos que habrían de suceder a continuación, pero era inútil: resultaba más que evidente que Desiré disfrutaba controlándolo todo cuando yo me encontraba cerca de ella; no era una mujer que dejase nada al arbitrio del azar.

El empleado me miró, divertido, y abrió la puerta con su llave magnética. Después, se despidió con un leve asentimiento de cabeza y se alejó, procurando desvanecerse a pesar de la intensa luz que iluminaba el pasillo.

Muy bien, Darío, no bajes la guardia. Son ellos o tú. Esta pesadilla debe acabar esta noche, sí o sí”.

Una voz conocida surgió del interior pasados unos segundos desde que me había quedado solo.

—Señor Luque, adelante, no sea tímido —sus palabras parecían componerse de dulzura y de… ¿miedo?

Ahí estaba. La encontré sentada al borde de la cama con las piernas cruzadas desde sus tobillos y una sonrisa encantadora. Llevaba un vestido largo de malla gris perla que contrastaba con su melena rubia suelta y sus labios en rosa fresa. Su apariencia me abrazó, transportándome a un universo paralelo en el que solo estábamos los dos: mi respiración se intensificó y se me aceleró el pulso.

—Atractivo, pero informal. Tal y como esperaba —su halago caló en cada rincón de mi ser como el agua que empapa la arena ardiente del desierto.

Con un leve gesto de su mano me indicó que me sentara en un pequeño butacón situado en frente de donde ella se encontraba. Por si tuve alguna duda, volvió a hechizarme con otra de sus sonrisas. Me quedé petrificado. Y ella, regocijándose por su dominio, aprovechó ese impás para levantarse, lentamente, y acercarse hasta mí. Me miró fijamente y puso su mano delicadamente sobre mi hombro. Ella de pie y yo sentado: una representación fidedigna de la fuerza de nuestras voluntades en aquella contienda. Percibir su perfume completó el proceso por el que Desiré había anulado mis sentidos. Estaba a su merced.

Ojalá alguien me hubiera prevenido del desastre que estaba a punto de ocurrir.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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