C.6-Ep.2. La trampa

Nota del autor: Del diario de ADRIANA IBÁÑEZ.

Madrid, 25 de febrero de 2018. 20:09 h.

Había estado sopesando, durante todo el día, si acudir o no a la reunión con Miguel Ángel. En efecto, en el reverso de la fotocopia del pagaré en blanco que se suponía iba dirigido a mí aparecía una dirección y una hora: las 21:30.

A esas alturas de la película no me cabía ninguna duda de que, lo que fuera que este sujeto iba a proponerme, tenía que ver con D.J. Recordar a mi amigo en aquella cama, magullado y temeroso, me entristeció. Hacía más de un mes de su episodio con la hermana del Solucionador y, aunque había salido del hospital un par de semanas después sin ninguna secuela física, su ánimo se había visto debilitado desde entonces. Según me contó, tras abandonar el reposo, había solicitado una baja al Consejo General del Poder Judicial. Había argumentado una situación familiar complicada, relacionada con el delicado estado de salud de su madre, pero yo intuía que la depresión estaba llamando a su puerta: su voz, su energía e, incluso, su apariencia física, comenzaban a acusar las dificultades de los últimos meses.

Y pensando en Desiré… parecía que se la había tragado la tierra. El último dato fiable con el que contábamos era la imagen que Darío guardó de ella, ensangrentada, justo antes de que se lo llevaran los sanitarios. Mi amigo jura que la vio caer desplomada, pero, más allá de eso, la más absoluta oscuridad. Cuando me enteré de lo sucedido, rastreé los medios digitales del día posterior, en busca de algún indicio sobre su paradero. Apenas encontré un par de noticias en periódicos locales de Salamanca que daban cuenta de un altercado en el Parador la noche anterior, con un herido y una chica rubia, de unos veintitantos, desaparecida, presumiblemente muerta, pero cuyo cuerpo había desaparecido de la escena cuando se marcharon los efectivos de policía y emergencias. Si, como parecía, había fallecido, alguien se había asegurado de que el acontecimiento no trascendiera más allá de aquella habitación. Una mano invisible había silenciado un suceso que, en otras circunstancias, acapararía la atención pública durante semanas o meses.

¿Qué papel jugaba yo en aquel entuerto? Esa pregunta taladraba mi consciencia últimamente. Darío… desde que reapareció, dos meses atrás, mi vida no había vuelto a ser la misma. Me había volcado con él desde que fui a verle al hospital, tratando de escribirle o telefonearle cada día; deseando que me sintiera cerca. Pero, a cambio, ¿qué es de mí? Sentimientos, incertidumbres… y un cosquilleo que creía lapidado reinaban otra vez mis días. Y, ante todo, la voluntad de no dejarle solo ahora que su mundo se derrumba. Tenía que ser fuerte y convencerme: si él no era capaz de terminar con su propia pesadilla, lo haría yo.

No quería adelantar acontecimientos, pero me llegaba a hacer una idea de lo que iba a pedirme ese malnacido de Miguel Ángel. Estaría preparada; un plan rondaba mi cabeza desde que aquel desconocido me había entregado el paquete esa mañana. Era arriesgado, pero la única alternativa era tomar cartas en el asunto. Resultaba obvio que la situación no se resolvería actuando de modo timorato, así que tenía ante mí el momento de pasar a la acción. Llegado el caso, compartiría mi estrategia con D.J., pero, definitivamente, debía llevar yo la iniciativa.

Cuando acudí al lugar convenido, el café El Espejo, Miguel Ángel me esperaba sentado en la mesa en la que D.J. y yo solíamos pasar tantas tardes durante los años de Facultad. Ensayó una media sonrisa al verme.

—Creo que fue justo aquí donde nuestro amigo Darío te hizo partícipe de nuestros negocios por primera vez. Me ha parecido conveniente repetir ubicación —me espetó de sopetón. Con su mano izquierda me invitó a tomar asiento frente a él—. Bueno, ¿y cómo te ganas el pan en Uría? Hacía mucho que no tenía el placer de verte…

—Supongo que no me has citado para ponernos al día de nuestras vidas, cosa que, por cierto, no me interesa, y yo no he venido a perder mi tiempo. Así que, dime, ¿qué es lo que quieres de Darío… y de mí? —expuse, sombría—. En tu mensaje decías que ambos debíamos actuar de forma inteligente, ¿no? Pues acabemos de una vez.

Mi interlocutor rio con ganas.

—Directa y al grano. Como siempre. Me gusta —Miguel Ángel me sostuvo la mirada, entre complacido y desafiante—. Si estás aquí, evidentemente, es porque todos tenemos un precio. ¿Cuál es el tuyo, Adriana? ¿Qué cifra acompañará a los seis ceros? —inquirió relajando el gesto.

—Para empezar, doy por sentado que eres consciente de que el pagaré que has fotocopiado y me has enviado es nulo, ¿verdad? —dudé si entrar en detalles, pero no estaba de más tantear todos los flecos del repentino acercamiento de aquel sujeto.

—Y tú, entiendo que no me creerás tan ingenuo de facilitarte un título valor en blanco sin antes hablar de negocios —contraatacó mi antiguo compañero de clase—. Como te supongo al tanto de las tareas que Darío se comprometió a realizar con mi familia cuando consiguiera acceder a la judicatura, me ahorraré entrar en detalles. Se me hace tarde y tengo asuntos que atender…

Miguel Ángel interpretaba bien su papel. Desde hacía unos minutos no dejaba de mirar su reloj. Ahora me lanzaría el anzuelo y, sin darme tiempo a reaccionar, daría por finalizado este vis a vis.

—Bueno, el caso es que tu labor es sencilla. Lo único que te pido es que te conviertas en mi abogada, o más bien, que te incorpores a mi empresa como responsable de los servicios jurídicos. No te exigiríamos que abandones Uría Menéndez, pero sí que los negocios de mi familia fueran, para ti, una prioridad. Por supuesto, nuestros casos no podrían pasar por tu despacho; tu compensación quedaría fijada con el estipendio que tú misma tendrías la oportunidad de especificar.

¿Solo pretendía contratarme como letrada? Cuanto más hablaba, más evidente resultaba que aquel trato guardaba gato encerrado.

—¿Simplemente buscas asesoramiento legal? —pregunté, fingiendo incredulidad—. Hay muchos buenos profesionales en Madrid. ¿Por qué yo? ¿Por qué una cantidad en blanco?

Mi acompañante volvió a reír, aunque esta vez dejó entrever irritación ante tanta pregunta.

—Está bien. Lo diré sin rodeos. Empiezo a cansarme de jugar al escondite contigo —reconoció—. He estado siguiendo tu desempeño profesional en los últimos años y he de confirmar que eres buena, muy buena. Se dice por los pasillos del Supremo que, si sigues así, alcanzarás puestos de responsabilidad en tu bufete. Incluso se especula con que te van a ofrecer acceder a la magistratura por el cuarto turno1. Te espera una carrera de éxito y, si te asocias conmigo, podrás vivir sin volver a preocuparte del dinero. Como ves, con mi influencia, tendrás en tu mano cotas de riqueza y poder con las que muy pocos pueden soñar. Solo debes asegurarme disponibilidad absoluta, para mí y mi familia. Eso… y una cosa más: debes convencer a tu querido Darío de que se una a nuestra labor y cumpla, por fin, con lo que me prometió hace ya demasiados años. He comprobado que tú tienes una asombrosa capacidad para manejar su voluntad, utilízala bien y todo lo que desees será tuyo.

Una arcada recorrió mi cuerpo, pero disimulé, aparentando verdadero interés.

—No me contestes ahora. Entiendo que tienes mucha información que procesar. Cuando consigas convencer a Darío de que asuma su responsabilidad para con los míos, pídele mi dirección de correo electrónico y escríbeme. No te olvides de escribir, en el asunto, el dígito o los dígitos que quieres que antecedan a los seis ceros. Con eso bastará. Cuarenta y ocho horas más tarde tendrás tu recompensa disponible en una cuenta de las Islas Marshall. Haré que te comuniquen cómo hacer efectivo el dinero…

No esperó a que abriera la boca. Dejó un billete de diez euros sobre la mesa, imagino que para abonar lo que él se hubiera tomado, y se marchó.

Debía ser honesta. Me producía auténtico vértigo pensar en la cascada de millones que aquel tipejo estaba dispuesto a poner sobre el tapete. Una proposición suicida capaz de hacer tambalear los principios más inquebrantables de cualquier ser humano. El juego estaba en marcha. Desde pequeña me acostumbré a escuchar que yo estaba hecha de otra pasta; que mi carácter y mi integridad me harían llegar lejos. Había llegado la hora de demostrarle al mundo quién es Adriana Ibáñez Sorolla.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.


Aclaraciones del autor:

1. “Cuarto turno”: Sistema de acceso a la carrera judicial, en la condición de magistrado, mediante concurso-oposición entre juristas de reconocida competencia y con más de diez años de ejercicio profesional. En lugar de tener que aprobar las oposiciones ordinarias, los profesionales del Derecho que se incorporan a la función jurisdiccional por esta vía superan una o más pruebas para determinar capacidad y aptitud –denominadas genéricamente “fase de oposición”; etapa que fija el orden de prelación de cada aspirante– y se postulan en una “fase de concurso” donde se comprueban y califican los méritos de cada candidato.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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