C.7-Ep.3. Una oscura investigación

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Salamanca, 18 de mayo de 2018. 10:41 horas. Juzgados.

De nada servía negarlo, solo conseguía engañarme. La desaparición de Desiré me había afectado más de lo que me gustaba reconocer. No saber qué ocurrió realmente después de nuestro último encuentro me nublaba el juicio y me impedía avanzar. Incluso habiendo desaparecido, yo seguía sintiendo una atracción fatal por aquella mujer rubia de ojos azules.

¿Qué pasó realmente con ella? ¿Dónde está su cuerpo?”. Tales dudas bombardeaban mi cabeza de manera incansable en los últimos días. En nuestra última conversación, Adriana me había mostrado su extrañeza porque, en los diarios del día posterior a la cita que mantuve con la hermana de Miguel Ángel en el Parador, no se había dado apenas repercusión a los desgraciados hechos que allí ocurrieron. Repetí la búsqueda, si bien siendo consciente de que, si mi amiga no había encontrado rastro, es porque este no existía. En efecto, salvo un par de notas en diarios digitales locales, absolutamente nada. Recompuse mis recuerdos, en busca de alguna pista que me permitiera colocar aquella pieza del desgraciado rompecabezas en que se habían convertido mis últimos meses. Rememoré nuestra intimidad, y cómo ella, en un momento, me guio hasta la ventana. Allí, tras aliviar su maltrecha conciencia confesándome qué hubo detrás de la muerte de mi hermano, alguien la disparó. Un francotirador, sin duda. No era posible llegar hasta nosotros de otro modo. Después, el desastre, y su cuerpo cubierto de sangre mientras ella caía fulminada al suelo. Aquellos sucesos se mantenían nítidos en mi memoria, pero eran muchas las preguntas que todavía no habían encontrado respuesta: “¿Por qué me llevó a la ventana si sabía que podían dispararnos? ¿Sería porque no sabía que estábamos siendo vigilados? ¿Acaso el objetivo real era yo y el francotirador falló?”.

Desde luego, con la experiencia que había acumulado con la familia López, no parecía posible que Desiré no supiera que estábamos siendo observados, ni tampoco se arriesgaría a acercarse a la ventana si hubiera sospechado que su propia vida corría peligro. Así pues, la opción más plausible era que el destinatario de aquella bala fuese yo mismo. Pero, si estaba en lo cierto, ¿cómo era posible que un francotirador que había acertado el disparo a una distancia más que considerable se equivocara de sujeto? Y, en todo caso, ¿por qué aquel acontecimiento apenas había tenido repercusión mediática? La prensa, tan ávida de jugosas noticias, no había prestado demasiada atención a aquellos hechos. Fuera como fuese, en todo aquel enigma quedaban muchas incógnitas por despejar.

Ante tal parquedad de información, decidí personarme y hacer indagaciones en el Hospital Universitario de Salamanca, por si podía localizar a los técnicos en emergencias sanitarias que acudieron al Parador a socorrer a Desiré, o bien a los médicos que la atendieron a su llegada al centro hospitalario. Nuevo movimiento infructuoso: nadie del servicio de ambulancias recordaba haberse desplazado a la habitación en que yo me encontraba ni nadie me identificó; por supuesto, tampoco ninguna paciente que encajaba con la descripción que proporcioné había ingresado de urgencia aquella noche. ¿Qué más podía hacer? Cabía la posibilidad de sondear hasta dónde sabía la Policía, pero un movimiento en falso podía alertarlos y animarlos a empezar una investigación, lo cual complicaría las cosas. Lo más prudente era dejarlos al margen, hasta agotar otras vías.

Volví a los Juzgados, frustrado y meditando. No podía creer que a Desiré se la hubiera tragado la tierra. Me disponía a entrar en mi despacho cuando una de las funcionarias del despacho de al lado me alertó de que alguien me esperaba. No tenía concertada ninguna reunión y no era día de programación coordinada, por lo que, tras beberme de un trago un café de la máquina de al lado, me dirigí a comprobar quién era. Una chica joven, de unos veintitantos, con el pelo castaño muy corto y los ojos grises se levantó de la silla situada frente a mi escritorio y me tendió la mano. Al acercarse a mí noté una pequeña cojera de la pierna izquierda. Me sonrió, revelando una casi imperceptible parálisis en la parte izquierda del labio inferior, y me mostró una tablet de última generación en la que había escrito un escueto mensaje.

Señor Luque, disculpe que me presente así, pero tengo dificultades en el habla. Me llamo Marta Olivares y soy periodista. Si tiene unos minutos, me gustaría conversar con usted”.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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