C.7-Ep.4. La verdad

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Salamanca, 18 de mayo de 2018. 10:53 horas. Juzgados.

La joven periodista mostraba un semblante tranquilo, aunque realmente inquietante. La invité a entrar y tomar asiento. Sonrió tímidamente y me escrutó con una mirada que me resultó extrañamente familiar. A pesar de su aire distraído, era evidente que la señorita Olivares retenía cada detalle de mi despacho en su memoria. En un par de ocasiones, fijó la vista en dos puntos que no supe identificar y pareció grabar algún pensamiento como pie de foto de aquellas instantáneas. Me senté en mi silla y esperé a que la visita tomara la iniciativa; era ella quien tenía algo que decir.

Desplegó un pequeño ordenador portátil con pantalla giratoria y comenzó a escribir a una velocidad endiablada. Diría que aquella chica era capaz de escribir tan rápido como yo hablaba. Cuando terminó de teclear volvió hacia mí la pantalla para que pudiera leer.

Gracias por recibirme, señor Luque. Como le decía, soy periodista. Actualmente, trabajo para elobservadorinquieto.com, un medio digital que busca indagar y esclarecer determinados casos que pasan desapercibidos para los medios tradicionales y para la sociedad en su conjunto.

No necesité más datos para comprender que la periodista venía a hablarme de Desiré y del episodio que compartimos en el Parador.

—No conozco esa web —sostuve, a la defensiva—, pero supongo que no habrá venido a conocer mi opinión sobre su trabajo. Usted dirá qué se le ofrece.

La mujer continuaba observándome con detenimiento mientras yo hablaba, con una mezcla de dulzura y seguridad, disfrutando del control de la conversación, a pesar de no pronunciar palabra. Antes de volver a escribir, una leve sonrisa cómplice, más valiente que la primera que me dedicó, asomó en su rostro; había leído mi lenguaje gestual a la perfección.

No quisiera que estuviera a la defensiva conmigo. Comprendo que ya ha adivinado que vengo a hablarle de la señorita Desiré López y de las extrañas circunstancias que rodearon a su desaparición. No le voy a acusar de nada: tras mi investigación me ha quedado claro que usted es, también, una víctima de lo que sucedió en el Parador. Solo deseo que me responda unas preguntas y me cuente lo que sepa. Seguro que usted es el más interesado en llegar a la verdad. Querrá saber qué le ocurrió a su amante…

Su última frase me desconcertó. ¿Cómo que ‘mi amante’? ¿De dónde se sacaba aquella entrometida que Desiré y yo éramos tal cosa? ¿Estaba lanzando un farol o acaso sabría lo que había pasado entre nosotros minutos antes del disparo y estaba buscando que yo le confirmara su sospecha? “Mierda, tengo que ir con pies de plomo con esta tía”. Todas mis alarmas se encendieron.

—No sé de dónde se saca usted que Desiré y yo éramos amantes —repuse, tajante—. Pero nada más lejos de la realidad. Ella solo me utilizó, a su conveniencia, hasta el mismo momento en que…

La señorita Olivares escribía en su portátil a toda prisa mientras yo me explicaba.

—…desapareció. No quisiera parecer descortés, pero, por lo que presumo, no hay nada que yo pueda decirle que usted no sepa o intuya ya. La he recibido con mi mejor ánimo, pero tengo mucho trabajo, así que si me disculpa… —el nerviosismo comenzó a sustituir a la educación en mis palabras y la chica parecía sentirse en extremo a gusto con el fastidio que me provocaba todo aquello.

Lamento si mi comentario le ha incomodado, pero le pido que no se impaciente, señor Luque. Todo a su tiempo. Pronto entenderá que estoy de su parte. Por favor, sigamos: dígame qué recuerda de los momentos previos y posteriores al disparo”.

No había duda: la persona en frente de mí sabía perfectamente lo ocurrido aquella noche junto a la ventana de la habitación. Así que, obviando los detalles íntimos, a pesar de la insistencia de mi interlocutora en conocerlos, le relaté cómo Desiré me había persuadido para vernos; cómo había descargado su culpa por su papel en la muerte de mi hermano y cómo me había asegurado que su vida, a partir de ese instante, también corría peligro.

Lo que no comprendo, señor Luque, es por qué Desiré le llevó hasta la ventana. ¿No hubiera sido mejor que se quedaran al otro lado de la habitación?”, había escrito la periodista en respuesta a mis últimas palabras.

—Pues honestamente, no sé qué responderle a eso —admití—. Obviamente, no creo que ella pusiera en riesgo, conscientemente, su propia vida, así que, o bien desconocía que alguien estaba acechándonos, o bien el objetivo era yo y el francotirador falló.

¿Y dice que no recuerda nada tras el disparo?

—Ya le he dicho que solo soy consciente de un sinfín de cristales rotos que se me clavaban. Caí de espaldas y sentí un fuerte golpe en la nuca. Creo que me desmayé. Me viene a la memoria, vagamente, que los servicios sanitarios me sacaron en camilla de allí y juraría que el cuerpo de Desiré aún estaba en la escena cuando me llevaban, pero no podría asegurarlo —expuse, demasiado cansado de aquel tema como para seguir molesto ante tanta pregunta.

Interesante… esto confirma alguna de mis sospechas. Creo que estoy en disposición de asegurarle que, si bien quien disparó pretendía matarle a usted, el desenlace de los acontecimientos tampoco le supuso contratiempo alguno.

—¿Me está diciendo que Miguel Ángel, la Emperatriz y demás calaña no son quienes estuvieron detrás de lo que sucedió aquella noche? —inquirí, incrédulo.

No ponga en mí palabras que no he dicho… o, más bien, escrito, jaja.”

—No le veo la gracia, señorita Olivares —respondí, ya sin rastro alguno de serenidad.

Veo que el humor no es su fuerte, señor Luque. Por favor, mantenga la calma. Creo que le satisfará saber lo que he averiguado.

—Estoy impaciente, ilústreme —dije, sarcástico.

Disculpe, pero hoy soy yo quien hace las preguntas. Usted ya me ha aclarado todo lo que yo necesitaba despejar. Ahora debe decidir si confía en mí y si me permitirá que resuelva esto con usted… y con la señorita Ibáñez, por supuesto.

Con el transcurrir de la apresurada entrevista, fui encontrándome más cómodo a la hora de hablar, pero, a la vez, aumentaba mi convencimiento de que mantener aquella conversación se estaba convirtiendo en el peor de los presagios.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

4 comentarios en “C.7-Ep.4. La verdad”

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