76. Irreverencia

(Serie “Microrrelatos Apocandémicos” II)

1 de noviembre de 2121.

Ni siquiera sé por qué estoy escribiendo esto… quizá porque, cuando me hayan matado o yo mismo haya terminado con mi agonía, quisiera que alguien conociera la verdad.

Decía en mi anterior misiva que todo comenzó con la vacuna MAV2.1, hace ahora cien años. Pero no quisiera que se malinterpreten mis palabras: no critico el tratamiento, ni los avances de la ciencia, los cuales celebro, sino el uso mentecato que mis predecesores en la especie dieron a sus capacidades. Encontrar el remedio en menos de un año comenzó a instalar en sus frágiles intelectos el absurdo convencimiento de que serían capaces de cualquier cosa: algunos comenzaron poniendo en duda la pandemia y terminaron por negar el cambio climático, la pobreza o las desigualdades… llegaron a creerse invencibles.

Los líderes políticos y económicos se abonaron a la mentira; se convencieron, o más bien trataron de persuadir al vulgo, de que cualquier estrategia o mensaje estaban justificados si la finalidad era justa. He aquí el problema; cada cual entiende por justicia lo que más le conviene.

Lo siento… no debería desviarme del tema. La cuestión es que los límites de la ética y la legalidad se diluyeron. “Debemos estar preparados ante una próxima emergencia a nivel mundial y, para ello, debemos desplegar todas las herramientas que estén en nuestras manos”, decían. La información sesgada, o directamente mendaz, se propagó como la pólvora: fake news, clickbaits… el caldo de cultivo para que la demagogia terminara calando en cierto sector de la población, generalmente, el menos crítico o instruido. Por otro lado, aquella primera catástrofe sanitaria llevó a otro sector a sacar su lado más egoísta. Y ese punto fue crucial para acelerar el hastío y la pérdida de confianza de la mayoría en las instituciones y la consiguiente renuncia a la participación y a fiscalización de las decisiones públicas.

Todo esto llevó a algunos a creerse inmunes y a considerar que cualquier tropelía quedaría impune: hambre, corrupción, miseria. Ingredientes todos ellos de un brebaje venenoso, a la vez que adictivo, que sedujo a quienes debían velar por el interés de todos.

Se vaticinaba el desastre: tic, tac, tic, tac…

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

2 comentarios en “76. Irreverencia”

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