77. Segunda oportunidad

Echo de menos los tiempos en que se podía fumar en los bares; respirar la profundidad del humo de un cigarrillo siempre es un buen aliado para aclarar mis ideas. He acudido a la cita, puntual, a las 5 de la tarde, según habíamos convenido en el último mensaje. Ella me ha citado aquí, so pretexto de ser un sitio discreto. El lugar dice poco por fuera y menos aún por dentro: es uno de esos tugurios del casco viejo donde solamente se congregan los parroquianos del barrio, algún transeúnte despistado o individuos de moral e intenciones oblicuas.

Mis hijos habían insistido en que diera el paso. “Papá, han pasado casi veinte años desde que se fue mamá. Nosotros vivimos fuera y, aunque venimos a verte todas las semanas, necesitas a alguien con quien compartir el día a día”. El caso es que, tras mucho tiempo negando la mayor, finalmente accedí a sumergirme en una de esas páginas de contactos que te aseguran afinidad en función de tus gustos e intereses, por más exigente que se sea. Algo de un algoritmo de última generación, según Mercedes, mi hija mayor.

¡Qué orgulloso estoy de ella! Se licenció en Ingeniería de Telecomunicaciones en Valladolid, porque no existía la opción de estudiarla en Salamanca. Después estuvo trabajando para la Telefónica y ahora dirige su propia StartUp de soluciones de comunicación para personas con discapacidad severa, un proyecto que ha recibido muchos apoyos y elogios de personas importantes de su profesión.

No se queda atrás Guillermo, el pequeño. Nació con una alteración genética, trisomía del par 21 —detesto la denominación de Síndrome de Down—, pero siempre se ha caracterizado por su vitalidad, su optimismo y su valentía. Apenas hace un año que aprobó las oposiciones a la carrera judicial y ahora disfruta de su amor por el Derecho en la Escuela Judicial. Ambos son mi mayor ejemplo; los admiro.

Me siento tan nervioso… no recuerdo la última vez que tuve una cita. Quizás antes de comenzar el Instituto. Tiempo después conocí a quien sería el amor de mi vida y me consagré a ella. Y ahora… heme aquí, con la misma indecisión de entonces, a pesar de cargar sobre mis espaldas con el peso de toda una vida.

Me ha dicho que llevará los labios pintados de rojo carmesí, y un pañuelo de seda a juego, para que pueda reconocerla. Es extraño porque me ha asegurado que es siempre puntual y pasan más de veinte minutos de la hora. Quizás no haya sido buena idea; ¿qué se supone que estoy haciendo? Llamo la atención del camarero con intención de pagar el café y marcharme. Si me doy prisa todavía llego a la partida de mus con Antonio, Luis Ángel y el Gato; a saber a quién habrán buscado para sustituirme.

Cuando me dispongo a sacar la cartera del bolsillo, se abre la puerta y, en ese instante, todo cuanto yo he padecido en los últimos años se diluye: la pena, la frustración, la rendición ante el destino. A cambio, una luz intensa, nívea y envolvente, emitida por sus iris cian, me envuelve hasta ahuyentar cada uno de los fantasmas que arrastro desde tanto tiempo atrás… Me sonríe y, con un leve gesto, la invito a la mesa. Camina despacio, recreándose en un momento que se convertirá en único. Llega a mi altura y me saluda con una voz suave.

 Mis chicos tenían razón. Tal vez no sea demasiado tarde para mí.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

6 comentarios en “77. Segunda oportunidad”

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