89. El impostor

Érase una vez… un fantasma disfrazado de ángel. Un mar de dudas, un eterno ‘quiero y no puedo’. Pasaba los días, con el alma inerte, persiguiendo un sueño imposible; suspirando el anhelo de una realidad inalcanzable.

Se decía a sí mismo que tal era su pasión, mas la realidad se reveló quimera: solo estaba jugando a disfrazarse de un personaje extraño, dando rodeos por un camino vedado desde que evitó dar un paso al frente cuando fue menester. ¿A qué venía ahora tanto drama? Aquello era, a todas luces, la pérdida de un tiempo del que no disponía. ¿Por qué se engañaba? Mientras otros creaban con fluidez, a él le costaba un mundo alcanzar un resultado mediocre. ¿Hasta cuándo iba a dilatar tan punzante agonía?

Se sentó frente a la vetusta madera, con el papel en blanco estilando miedo. Respiró, cerró sus ojos y emprendió un viaje sin éxito. Uno más, uno menos… Se cobijó bajo la sombra de los maestros, quienes ya no le respondían. Las historias, otrora imaginadas, se hicieron agua al compás de sus ilusiones.

Esfuerzo yermo, dolor y llanto. Desde que supo de aquel síndrome, todo aliento resultó baldío. Su estilográfica tembló líneas difusas, en tanto que su lírica se había apagado sin remedio. Una lágrima, desde su destino, le indicó el final. Recordó, desesperado, que había construido un castillo de naipes con todas las certezas de las que había huido en el crepitar de los años. Y se asustó. Solo entonces vio claro que la única respuesta pasaba por tomar la drástica decisión que se había negado desde que tenía memoria: no volvería a escribir.

Cerró la puerta y tiró la llave al mar.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

2 comentarios en “89. El impostor”

  1. ¡Eso nunca! Escribir es mucho más que componer una buena novela. Escribir es plasmar las cosas que nos pasan por la cabeza, puede que sean cosas importantes o no, interesantes o no. Pero alguien como el personaje que nos muestras, con esa pasión, jamás debería tirar la llave. Un estupendo relato que, para quienes juntamos letras, tiene un regusto realmente amargo. Un abrazo, Javier!

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