Olvidamos el espíritu del Estudio

Amigo/a visitante de esta Buhardilla.

Tras darle algunas vueltas, he decidido que los lunes constituyen un gran día para esbozar alguna pequeña reflexión —o quién sabe si tal vez solo una sucesión de ideas desordenadas— sobre unos temas u otros, habitualmente fruto de mi propio quehacer diario. En esta sección he hablado de literatura, de política y ahora… voy a atreverme con mi espacio profesional: la Universidad.

Tal vez a algún lector o lectora le resulte extraña la mayúscula de la palabra «estudio» del título. Permítaseme tal licencia para resaltar que me refiero a la «institución que da origen a la universidad» y no al «esfuerzo que pone el entendimiento aplicándose a conocer algo» (acepciones recogidas en el Diccionario de la RAE). Pero sigamos.

Llevo vinculado al sistema universitario más de una década y media —desde que comenzara mis estudios de Licenciatura en Derecho y habiendo obtenido, además, los grados de Máster y Doctor— y creo tener ya un cierto conocimiento y también, por qué no, un cierto cariño a lo que supone, o debe suponer, ser universitario en este siglo XXI: la investigación, la docencia y la transferencia del conocimiento al servicio de la sociedad, la innovación y el inestimable papel en pos del progreso y el desarrollo científico y técnico, la internacionalización de nuestros resultados… sin duda, objetivos encomiables para todos los que formamos parte de lo que se da en llamar la comunidad universitaria.

Pero como diría aquel… no es oro todo lo que reluce. La realidad es que, en una universidad envejecida, con escasez de personal en prácticamente todos sus sectores, cada cual acabamos desempeñando labores para las que no estamos debidamente formados o que no se corresponden con nuestro perfil. Nada que no ocurra en otros empleos, probablemente. Pero, por si fuera poco, en nuestro día a día, nos topamos con un monstruo omnívoro y despiadado: la burocracia. Como dice alguien en mi familia: la universidad solo son papeles y papeles. Triste, pero cierto.

Prácticamente desde que accedemos a nuestro despacho por las mañanas, hasta la última hora de la tarde; incluso trabajando desde nuestros hogares por las noches. El cumplimiento de trámites, la generación de toneladas de documentos —físicos o digitales, igual da—, la necesidad de acreditar en papel hasta la más insignificante minucia, se convierten en nuestra rutina. Si pensamos en desarrollar proyectos de investigación, en desempeñar puestos de gestión; si lo que tratamos es de diseñar estrategias de innovación docente… todo conlleva completar formularios, anexos, firmas…

No es esto una enérgica diatriba contra el sistema: la normalización y estandarización de procesos es positiva; reducir la arbitrariedad armonizando criterios es adecuado; dejar constancia fehaciente de nuestra actividad, necesario. Pero, de ahí, a buscar y a abusar del papeleo, va un mundo.

Agencias de evaluación, exigencias de calidad y excelencia, rankings de visibilidad o impacto: sea como sea, todo supone complejos procesos que implican invertir un tiempo precioso que podríamos destinar a otras tareas, o a disfrutar de mayores espacios de ocio y descanso —tan necesarios y sacrificados en ocasiones—. Hemos llegado a un punto en que la utilidad del sistema está, sinceramente, más que en entredicho.

Pensemos en un trámite cualquiera, de esos que afrontamos a diario: ¿es realmente útil tanta documentación? ¿se revisa en profundidad? ¿nos atrevemos a pensar y encontrar un sistema más racional que, además, consiga aligerar nuestra carga de esta clase de trabajo? 

Quizá estoy equivocado, pero me parece que, de un tiempo a esta parte, entre todos estamos perdiendo el norte en la Universidad.

¿Es la política un juego de niños?

Amigo/a visitante de esta Buhardilla.

Vivimos en España —o en las Españas, como diría Diego Alatriste y Tenorio— tiempos convulsos en esto de la política. Habiendo sido convocadas ya las cuartas elecciones generales en cuatro años, son muchas las preguntas que nos asaltan a propios y extraños. Quizás pueda resumir todas ellas en un incrédulo: ¿por qué? Sea como fuere, la única verdad es que nos veremos las caras en los colegios electorales, de nuevo, el próximo 10 de noviembre.

Y, para deshacer posibles expectativas que no podría cumplir, en estas líneas no vas a encontrar ninguna respuesta a esas cuestiones; si conociera cuál es la solución a este entuerto que ha convertido el país en un territorio ingobernable, seguramente estaría ganándome la vida como asesor, o en algún plató de televisión.

Pero, como decía, uno no puede evitar reflexionar sobre por qué los partidos políticos mayoritarios no han sido capaces de cumplir con el mandato popular resultado de las últimas elecciones generales, celebradas el pasado mes de abril. Por qué los dos partidos que se dicen de izquierdas —que habrían alcanzado una mayoría estable de haber llegado a acuerdos— han estado jugando al gato y al ratón durante semanas, con ofertas y contraofertas infantiles, donde uno y otro rechazaban y criticaban todo lo que venía del lado opuesto, incluso aunque coincidiera con demandas que alguno de los dos había formulado inicialmente. O por qué la bancada conservadora solo se ha dedicado a destruir, sin plantear una sola vía de acuerdo de mínimos o de grandes consensos de Estado. Por qué las derechas se han escondido tras su butacón, con la bolsa de palomitas y el refresco; como si el hecho de no ganar una elección te diera un salvoconducto para desaparecer, para olvidarte de tus votantes y de tu sentido de la responsabilidad institucional con el conjunto de los electores.

Y, con este panorama, una duda razonable: si, como parece, los próximos comicios pueden arrojar resultados semejantes entre los dos bloques ideológicos a los obtenidos en la última cita electoral, ¿los políticos van a desoír, una vez más, lo que la ciudadanía les exige? ¿Qué distribución de poder están buscando nuestros gestores para dejar de despilfarrar millones del dinero de todos en poner en marcha la maquinaria electoral?

En este contexto, el electorado se enfrenta a otro cuestionamiento fundamental: ¿por qué debo ir a votar? Como acertadamente me comentaba alguien el día de ayer, las motivaciones para ejercer nuestro derecho al voto tradicionalmente se han clasificado en dos grandes grupos: aquellas de índole ideológica —voto a quien mejor representa mis ideales y mi modelo de organización política— o aquellas de carácter más pragmático —voto a un determinado líder porque lo considero el más capacitado o bien, voto a una opción política para hacer contrapeso a la que supongo que va a ser la elección mayoritaria; esto es, voto a Pepito para que no gane Juanito—.

Pero, en el contexto español actual, el asunto es más complejo. ¿Qué sucede con aquellos votantes que no se sienten plenamente representados por nadie y que han visto que su voto pragmático ha sido desatendido? ¿deben ejercer su derecho constitucional al voto o deben abstenerse? ¿deben elegir una opción, o votar en blanco o nulo? Como te alertaba al principio, no tengo respuestas a estos ni otros interrogantes. Pero sí estoy convencido de algo: votar siempre es mejor que no hacerlo. Que se nos escuche siempre dará mejor resultado que mantenernos en silencio, siquiera porque quien vota ha hecho uso de un derecho legítimo que nos llevó mucho tiempo y esfuerzos conseguir; siquiera porque quien vota puede criticar, con mayor autoridad, las decisiones de los representantes frente a aquellos otros que solo se quejan y reclaman, pero no han movido un dedo para cambiar las cosas.

Cada cual es libre para guiarse por los criterios que estime oportunos. Cada quien es libre de votar a quien desee, o, incluso, de no hacerlo. Pero permitidme terminar con un convencimiento: si nosotros, como sociedad, reclamamos responsabilidad a nuestros representantes, también debemos hacer uso de ella a la hora de manifestar nuestra voluntad respecto de los asuntos públicos; esos que nos conciernen a todos.

El arte de la escritura

Amigo/a visitante de esta Buhardilla.

Una idea ha estado rondando mi cabeza durante todo el día de hoy, y en este momento, a las 11 de la noche, me he aventurado a ponerla por escrito. No tengo muy claro el porqué, ni tampoco si este desahogo va a dar inicio a una nueva sección de este blog o, simplemente, va a ser flor de un día.

Para contextualizar las reflexiones que voy a esbozar —sin orden ni concierto, probablemente—, te pongo en situación: esta mañana he visitado una librería en busca de la última entrega de una saga escrita por un autor zamorano; docente, como yo, en la Universidad de Salamanca. Conozco al dueño del establecimiento desde hace más de una década y, aunque no soy cliente asiduo, cada vez que nos vemos mantenemos largas conversaciones marcadas por la mutua cordialidad. Hoy he sabido que, amén de librero, el amable señor es también dueño de un pequeño sello editorial.

Pues bien: la cuestión es que, conversando de todo un poco, me dio por comentarle que el año pasado una prestigiosa editorial jurídica española publicó mi primera monografía. Tras darme sus argumentos de por qué no comercializaba trabajos de dicha editorial —por lo que pude entender, por el escaso margen de beneficio que obtiene por cada venta, además de por discrepancias por el método de distribución—, comenzó a criticar —seguramente con cierta razón— las llamadas editoriales online, así como aquellas que realizan impresiones en digital, por el escaso cuidado y presentación con que editan las obras. No se quedó ahí: sus diatribas llegaron también a su «competencia», otros libreros de la zona, cuyos métodos de edición y venta no comparte.

Es evidente que el amable editorlibrero estaba tratando de venderme sus servicios, alabando las bondades de sus correcciones, maquetaciones, así como la estrecha relación que mantiene con «sus» autores. Yo le expliqué que, en el caso de mi monografía, publicar en esa editorial tenía que ver con el prestigio y con índices de impacto que son reconocidos en mi ámbito profesional y, por ende, necesarios para prosperar en mi carrera. Siendo así, no obstante, le agradecí sus consejos y le aseguré que los tendría en cuenta para mi faceta como escritor literario. 

Insistió, entonces, en la necesidad de que cualquier obra publicada sea de calidad, tanto en su contenido como en su presentación. Nada que objetar. Sin embargo, después de indicarle que, por el momento, mi única pretensión era darle contenido a este blog, su gesto cambió y vino a explicarme que quien escribe no lo hace por sí mismo, sino que se debe a sus lectores; que debe buscar la perfección y el  rigor lingüístico y estilístico —afirmando que, hoy en día, nadie sabe escribir, ni siquiera «los que están arriba»— y que, para mantener la obra «viva», el autor debe exigirse publicar contenidos de calidad con regularidad. Si no, se olvidan de ti.

Estas «lecciones» que el amable librero me regaló, seguro, con la mejor de sus intenciones, me hizo pensar: ¿por qué escribo yo? ¿qué significa y cuáles son los límites de esta Buhardilla de Tristán? ¿estaría dispuesto a tener que producir literatura de una cierta enjundia con asiduidad, sacrificando la calidad por la cantidad o ignorando los procesos de inspiración? El trasfondo de estas preguntas es que percibí un cierto elitismo que, con todos mis respetos, rechazo.

Me niego a pensar que, para ser escritor —para expresarte, a fin de cuentas— solo valga un resultado técnicamente perfecto. Coincido con el librero en que, como en cualquier otro trabajo o desempeño, uno debe buscar siempre la calidad; no conformarse con la mediocridad si se puede llegar a un punto mayor de excelencia. Pero hasta ahí: una esmerada corrección formal y material dota de seriedad y rigor a una obra, pero no comparto que, para poder escribir con autoridad, uno deba ser Shakespeare, Neruda o Unamuno.

Niego la mayor. ¿Y sabes por qué? Hasta hace no demasiado tiempo, me daba pavor llamarme escritor. Menospreciaba, sin rubor, esta Buhardilla que con tanto cariño voy construyendo. Y eso no es justo: ni para mí, ni para quienes me leéis. 

Y tú, ¿qué opinas?