El arte de la escritura

Amigo/a visitante de esta Buhardilla.

Una idea ha estado rondando mi cabeza durante todo el día de hoy, y en este momento, a las 11 de la noche, me he aventurado a ponerla por escrito. No tengo muy claro el porqué, ni tampoco si este desahogo va a dar inicio a una nueva sección de este blog o, simplemente, va a ser flor de un día.

Para contextualizar las reflexiones que voy a esbozar —sin orden ni concierto, probablemente—, te pongo en situación: esta mañana he visitado una librería en busca de la última entrega de una saga escrita por un autor zamorano; docente, como yo, en la Universidad de Salamanca. Conozco al dueño del establecimiento desde hace más de una década y, aunque no soy cliente asiduo, cada vez que nos vemos mantenemos largas conversaciones marcadas por la mutua cordialidad. Hoy he sabido que, amén de librero, el amable señor es también dueño de un pequeño sello editorial.

Pues bien: la cuestión es que, conversando de todo un poco, me dio por comentarle que el año pasado una prestigiosa editorial jurídica española publicó mi primera monografía. Tras darme sus argumentos de por qué no comercializaba trabajos de dicha editorial —por lo que pude entender, por el escaso margen de beneficio que obtiene por cada venta, además de por discrepancias por el método de distribución—, comenzó a criticar —seguramente con cierta razón— las llamadas editoriales online, así como aquellas que realizan impresiones en digital, por el escaso cuidado y presentación con que editan las obras. No se quedó ahí: sus diatribas llegaron también a su «competencia», otros libreros de la zona, cuyos métodos de edición y venta no comparte.

Es evidente que el amable editorlibrero estaba tratando de venderme sus servicios, alabando las bondades de sus correcciones, maquetaciones, así como la estrecha relación que mantiene con «sus» autores. Yo le expliqué que, en el caso de mi monografía, publicar en esa editorial tenía que ver con el prestigio y con índices de impacto que son reconocidos en mi ámbito profesional y, por ende, necesarios para prosperar en mi carrera. Siendo así, no obstante, le agradecí sus consejos y le aseguré que los tendría en cuenta para mi faceta como escritor literario. 

Insistió, entonces, en la necesidad de que cualquier obra publicada sea de calidad, tanto en su contenido como en su presentación. Nada que objetar. Sin embargo, después de indicarle que, por el momento, mi única pretensión era darle contenido a este blog, su gesto cambió y vino a explicarme que quien escribe no lo hace por sí mismo, sino que se debe a sus lectores; que debe buscar la perfección y el  rigor lingüístico y estilístico —afirmando que, hoy en día, nadie sabe escribir, ni siquiera «los que están arriba»— y que, para mantener la obra «viva», el autor debe exigirse publicar contenidos de calidad con regularidad. Si no, se olvidan de ti.

Estas «lecciones» que el amable librero me regaló, seguro, con la mejor de sus intenciones, me hizo pensar: ¿por qué escribo yo? ¿qué significa y cuáles son los límites de esta Buhardilla de Tristán? ¿estaría dispuesto a tener que producir literatura de una cierta enjundia con asiduidad, sacrificando la calidad por la cantidad o ignorando los procesos de inspiración? El trasfondo de estas preguntas es que percibí un cierto elitismo que, con todos mis respetos, rechazo.

Me niego a pensar que, para ser escritor —para expresarte, a fin de cuentas— solo valga un resultado técnicamente perfecto. Coincido con el librero en que, como en cualquier otro trabajo o desempeño, uno debe buscar siempre la calidad; no conformarse con la mediocridad si se puede llegar a un punto mayor de excelencia. Pero hasta ahí: una esmerada corrección formal y material dota de seriedad y rigor a una obra, pero no comparto que, para poder escribir con autoridad, uno deba ser Shakespeare, Neruda o Unamuno.

Niego la mayor. ¿Y sabes por qué? Hasta hace no demasiado tiempo, me daba pavor llamarme escritor. Menospreciaba, sin rubor, esta Buhardilla que con tanto cariño voy construyendo. Y eso no es justo: ni para mí, ni para quienes me leéis. 

Y tú, ¿qué opinas?