Ascenso hacia los infiernos

Recensión e ideas de «Los diez escalones»


  • Autor: Fernando J. Múñez (Madrid, 1972).
  • Editorial: Planeta.
  • Año: 2021.
  • Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos.
  • Género / temática: Novela histórica.
  • Número de páginas: 600.

Sinopsis libre:

Don Alvar León de Lara, cardenal católico de la curia del Papa Martín IV, vuelve a la abadía cisterciense de Urbión que lo vio crecer tras recibir una carta de don Rafael, abad y antiguo maestro del prelado. A su llegada, un doloroso acontecimiento cambiará su relación con la comunidad y, con la ayuda de Mario, un oblato que don Rafael pone a su servicio, se verá obligado a descubrir la verdad en torno a unos misteriosos legajos antiguos que pudieron ser escritos por el propio Jesucristo y a detener a los responsables de un reguero de sangre y muerte.

Con el alma zaherida por la angustia y el temor a perder su propia vida, don Alvar deberá enfrentarse a su destino en forma de un antiguo amor que aflora atormentando su existencia. La tensión entre la razón y la fe, la esperanza y la desolación, acompañará a los protagonistas en su búsqueda y tránsito por los diez escalones hacia la redención.

Reseña:

Confieso que me adentré en la lectura de Los diez escalones tras haber disfrutado la adaptación de «La cocinera de Castamar» para Netflix. Además, la carta de presentación del autor no podía ser más prometedora: una dilatada trayectoria en literatura infantil y juvenil y un innegable éxito con su primera novela para adultos. Es justo reconocer, asimismo, que Los diez escalones posee todos los ingredientes para convertirse en un best seller: una ambientación histórica precisa, una buena dosis de intriga eclesiástica y un romance apasionado, prohibido y desgarrador.

No obstante, y precisamente quizás por las altas expectativas que me había formado, esta obra me ha dejado un sabor agridulce. Como aspectos positivos, no puedo dejar de resaltar el evidente dominio de la narración por parte de Múñez; demuestra el autor un profundo conocimiento de los distintos registros lingüísticos utilizados por las diversas clases sociales de la época. Destaca, también, la habilidad con la que la trama arrastra al lector por distintos estados de ánimo, mudando de uno a otro a un ritmo vertiginoso: miedo, tensión, repulsa. De la mano de los dos protagonistas, el lector realiza un viaje frenético en el que el amor, la lealtad y la traición se presentan aderezados con buenas dosis de religión y filosofía.

En contraposición a lo anterior, la historia no ha terminado de atraparme, a buen seguro más por ausencia de disposición por mi parte que por demérito del escritor. La trama que se supone principal –la experiencia transformadora y revolucionaria que suponen los diez escalones en la relación del ser humano del siglo XIII con Dios– queda relegada a un segundo plano frente a las demás líneas argumentales y, tal vez por ello, no se dimensiona suficientemente el valor de esta propuesta narrativa. En añadidura, algunos pasajes llegan a resultar excesivamente lentos de leer y otros demasiado crudos de asimilar.

Por su calidad literaria, esta novela obtiene, en la Buhardilla de Tristán, la calificación de recomendada.


Valoración: recomendada (2,5/5).


* En adelante, cambia la valoración de las lecturas a la siguiente escala:

No recomendada: 0 – 1

Poco recomendada: 1,5 – 2

Recomendada: 2,5 – 4,5

Muy recomendada: 5

92. Bloqueo del ¿escritor? (I): Introducción

Tren a Madrid. 17 de marzo de 2022.

Estoy en un callejón sin salida, en un túnel frío y lúgubre. Llevo demasiado tiempo, quizás, eludiendo poner nombre a la desazón que me invade cuando me enfrento a la superficie blanca, incólume, nívea, fiscalizadora. Tal vez me he refugiado en demasía en la seguridad de lo cotidiano para no afrontar el temblor de los dedos con cada pulso o la espuerta del impostor, sellada bajo mil miedos, tras la cual se agolpan pensamientos, ideas e historias. Ni siquiera me veo capaz de abrir, aquí y ahora, mi corazón de escritor –si es que este realmente existe o si es que una parte de él se esconde entre mis entrañas– y vaciar las espinas de estas tribulaciones atropelladas y mal hilvanadas.

Nunca perseguí sueños vacuos; no me mueven el reconocimiento, los premios ni la popularidad. Es probable, sí, que el aliento de las letras me haya abandonado o que, simplemente, la vorágine de la vida –pandemias, volcanes, calimas y guerras– haya engullido la serenidad necesaria para que otros universos fluyan. No descarto, definitivamente, que se trate de una mala gestión de expectativas o que la inseguridad que me atenaza sea resultado del temor a ser solo uno más en el montón. Muchos inicios ilusionantes, pero ningún final esperanzador.

Echo la vista atrás y reconozco que los desvelos y desvaríos fueron únicamente fútiles palos de ciego; esfuerzos caóticos y desaliñados por la ceguera de la juventud. Además, no debería perder de vista que salí trasquilado de mi primer intento y segundas partes nunca fueron buenas. Es cierto: desde pequeño me enseñaron que rendirse no es una opción, pero, paralelamente, con la edad uno ha de decantarse por aquellas batallas que conviene librar.

Así pues, la clave a discernir es: ¿Debo resistir o desistir? ¿Aguardar o abandonar? ¿Esbozar una nueva línea o poner el punto y final?

¿Próxima parada?

¡Hola, hola! Tras unas semanas de escasa actividad en la Buhardilla (los quehaceres y responsabilidades mandan) vuelvo para participar en un nuevo y complicado desafío propuesto por David Rubio en ‘El Tintero de Oro’. Se trata de los Microrretos: Un cadáver en el ascensor. En esta oportunidad, nos invita a crear un microrrelato de hasta 250 palabras (de género libre) en el que aparezca un cadáver en un ascensor.

Aunque no he cumplido el reto opcional («también puedes inspirarte en uno de los micros que participen para escribir una versión diferente del mismo (p.e. usando otro punto de vista, otra persona del narrador o bien cambiando el estilo narrativo)«), estoy deseando leer las aportaciones de la comunidad que, seguro, nos harán disfrutar y sorprendernos con grandes momentos de lectura.

¡Espero que os guste mi relato!

* . * . *

Imagen tomada de ‘El Tintero de Oro’

Tratando de sacudirme el viento y la lluvia de aquella mañana glacial, pulsé el botón del ascensor rumbo a la planta veinticinco para iniciar una nueva y tediosa jornada laboral. Un segundo antes de que las puertas se cerraran por completo, Lola accedió de un salto, dedicándome una de esas sonrisas capaces de derretir el tiempo.

—Vamos arriba, ¿verdad? —me preguntó, cómplice, exagerando un gesto de resignación.

—Sí… —tartamudeé, por toda respuesta.

Piso dos. Con el discurrir de los números me vino a la memoria aquella vez en la que estuve a punto de invitarla a un café, pero apareció Pedro, el tipo estirado de contabilidad, para reclamar su atención con algún asunto anodino.

Piso siete. ¿Por qué me fui de aquella fiesta de Navidad de la empresa, un año atrás? Ni siquiera sabía si ella estaba saliendo con aquel tipo de gafas de pasta; un presunto intelectual con pinta de esnob…

Piso quince. Quizás debería lanzarme y proponerle ir al cine. ¿Parecerá un cliché muy anticuado?

Piso veintitrés. ¡Piensa, piensa! Se me acaba el tiempo y solo Dios sabe cuándo volveré a tener la oportunidad de encontrarme con ella a solas. Un sudor frío, ridículo, perla mi frente, avergonzando la escasa entereza que simulo reunir.

Un timbre tenue anuncia el final. Se abren las puertas y Lola abandona, aturdida, el habitáculo. Observo, atenazado por el terror, el cuerpo inerte que yace en una esquina con el rictus desfigurado. No cabe duda: se trata de mi propio cadáver.

(248 palabras)