Antología ‘Recuerdos de Tinta’

Queridos/as amigos/as de la Buhardilla:

Me hace muy feliz poder presentaros la antología «Recuerdos de Tinta», organizada y coordinada por María Leiva y en la que participamos un total de 28 autoras y autores y 4 ilustradoras e ilustradores. Además, contamos con la gran fortuna de que la obra ha sido prologada por José Rodríguez-Trillo.

En esta maravillosa obra encontraréis imágenes, relatos y poemas que han aflorado desde lo más profundo de nuestros corazones, mucha sensibilidad y la pasión de quienes deseamos, a través de las letras, aportar nuestro granito de arena para visibilizar una patología aún tan desconocida como el alzhéimer.

Para mí ha sido un auténtico privilegio y una gran alegría poder formar parte de este grupo de personas que, con tanto cariño, ha sacado adelante esta iniciativa solidaria. Además, y como guinda del pastel, si adquirís nuestra antología, además de poder disfrutar de magníficas ilustraciones e historias de amor, misterio o ciencia-ficción, estaréis colaborando también con la investigación en la prevención de esta enfermedad, ya que todo lo recaudado con la venta en físico y en digital va destinado a la Fundación Pasqual Maragall.

Os dejo los enlaces de la antología. ¡Todo el equipo deseamos que os guste!

Enlace al ejemplar físico.

Enlace al ejemplar en digital (ebook).

90. Secreto de sumario (VII)

—¡Pero qué…! ¿Se puede saber qué clase de broma es esta? —espeté, visiblemente nervioso, mientras mis dedos tamborileaban en la mesa, tratando de marcar el ritmo a mis latidos desbocados.

—Hagamos un trato. Usted contesta a mis preguntas y yo le sirvo otra taza de café, ¿de acuerdo? Parece que el sabor le ha devuelto la lozanía al rostro…

Me sentía frustrado por el hecho de que mi acompañante estuviere manejando la reunión y mi voluntad a su antojo. Tuve que respirar profundamente antes de aceptar una segunda taza de Arábica. Siendo práctico, me dije, de aquel extraño lugar podría conservar en mis papilas aquella delicia importada de Brasil.

La chica me sirvió nuevamente, con extrema eficiencia y se sentó frente a mí, endureciendo de nuevo su expresión.

—Y ahora, por favor, sea franco. ¿Qué es lo que sabe?

Su condescendencia comenzaba a hervirme la sangre.

—No se haga la ingenua conmigo. A estas alturas tengo claro que usted me sigue desde a saber cuándo. En resumen, el jueves un compañero de trabajo…

—El señor Suárez —me interrumpió ella.

—Remigio Suárez, el mismo que viste y calza —confirmé apático—. Me dijo que tiene un amigo en la competencia que maneja algo gordo, pero que él no lo puede publicar. Y que si me interesaría tirar del hilo. Esa misma noche recibí su primer mensaje. Desde entonces, me ha tenido usted jugando a las adivinanzas… Y aquí estoy, expectante por saber qué jueguecito se trae entre manos.

—Está bien, vamos al grano. ¿Recuerda el caso de Manuela Quijada?

—Por supuesto, la ganadora del Ortega y Gasset de 2011. Desaparecida desde el día después de recoger el premio.

—Exacto. Pues bien: Manuela falleció una semana más tarde de la última vez en que fue vista.

—¿Cómo? ¿Y usted como lo sabe?

—Por el momento, eso no le incumbe. Escúcheme bien: el soplo en el medio de Mornende es peccata minuta. Un caso de corrupción regional. Saldrá en una web anónima dentro de unas semanas. Lo importante que debe tener en cuenta ahora es que la trama de delincuencia organizada es mucho mayor, a escala internacional. Una organización, cuyo nombre no le puedo revelar, mueve más de mil billones de euros anuales alrededor del mundo en todo tipo de chanchullo que huela a delito: drogas, armas, trata, corrupción… No se libra nadie: abogados, jueces, futbolistas, curas y médicos; además de más de la mitad de gobiernos de Europa e Iberoamérica. La cuestión es que ese entramado tiene una división de ‘limpieza’. Se cargan a cualquiera que ose siquiera dar un paso para acercarse a ellos.

Mi cara se contrajo y, junto a mis ojos desorbitados por el estupor, debía parecer un cuadro de Munch.

—…Y a usted lo necesitamos vivo. Debe infiltrarse en esa organización y sacar toda la mierda que pueda.

La sorpresa dio paso a la indignación.

—¿Y por qué yo? ¿Qué gano aceptando el mayor marrón de mi vida de alguien de quien ni siquiera conozco su nombre?

—Es posible que, de ahora en adelante, usted pierda más cosas de las que llegue a ganar.

—¿Y qué razón tendría entonces para decir que sí?

—Si aprecia su vida, amigo mío, me temo que no le queda otra opción. Si se niega —susurró serena, señalando el folio que todavía tenía delante— no podré hacer nada para evitar que sea su cara la que aparezca, más pronto que tarde, en una portada como esa.