95. Bloqueo del ¿escritor? (II): Cuando las historias no fluyen

Salamanca. 12 de octubre de 2022.

¿Qué sucede, entonces?

Las palabras no siguen las órdenes de la lógica; más bien al contrario, orquestan su propia danza, indómita y desacompasada. Las ideas pugnan contra la negrura de una incógnita irresoluta, no buscada, impertérrita.

Inexplicable, mas habitual y concreto.

Los paisajes se marchitan, se tornan agrestes en la soledad de la página en blanco. Las voces se apagan. La imaginación busca resurgir; latir, fútilmente, petrificada ante lo imposible y las lágrimas se congelan en el desierto del tedioso discurrir de cada intento infructuoso.

Incapaz, ignorante, ingenuo… incluso impostor.

Los personajes no encajan, los sentimientos se muestran impostados, artificiales. Los hechos se zancadillean entre sí, impidiendo que la narración pise firme y segura. La creatividad no puede desembarazarse del velo de la duda. Y la frustración le gana la contienda al entusiasmo.

Tal vez sí… o seguramente no. Tal y como lo vivo, lo cuento.

92. Bloqueo del ¿escritor? (I): Introducción

Tren a Madrid. 17 de marzo de 2022.

Estoy en un callejón sin salida, en un túnel frío y lúgubre. Llevo demasiado tiempo, quizás, eludiendo poner nombre a la desazón que me invade cuando me enfrento a la superficie blanca, incólume, nívea, fiscalizadora. Tal vez me he refugiado en demasía en la seguridad de lo cotidiano para no afrontar el temblor de los dedos con cada pulso o la espuerta del impostor, sellada bajo mil miedos, tras la cual se agolpan pensamientos, ideas e historias. Ni siquiera me veo capaz de abrir, aquí y ahora, mi corazón de escritor –si es que este realmente existe o si es que una parte de él se esconde entre mis entrañas– y vaciar las espinas de estas tribulaciones atropelladas y mal hilvanadas.

Nunca perseguí sueños vacuos; no me mueven el reconocimiento, los premios ni la popularidad. Es probable, sí, que el aliento de las letras me haya abandonado o que, simplemente, la vorágine de la vida –pandemias, volcanes, calimas y guerras– haya engullido la serenidad necesaria para que otros universos fluyan. No descarto, definitivamente, que se trate de una mala gestión de expectativas o que la inseguridad que me atenaza sea resultado del temor a ser solo uno más en el montón. Muchos inicios ilusionantes, pero ningún final esperanzador.

Echo la vista atrás y reconozco que los desvelos y desvaríos fueron únicamente fútiles palos de ciego; esfuerzos caóticos y desaliñados por la ceguera de la juventud. Además, no debería perder de vista que salí trasquilado de mi primer intento y segundas partes nunca fueron buenas. Es cierto: desde pequeño me enseñaron que rendirse no es una opción, pero, paralelamente, con la edad uno ha de decantarse por aquellas batallas que conviene librar.

Así pues, la clave a discernir es: ¿Debo resistir o desistir? ¿Aguardar o abandonar? ¿Esbozar una nueva línea o poner el punto y final?