C.3-Ep.6. La decisión

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Madrid, 8 de enero de 2018. 09:45 h.

Desperté convencido de que, en aquel día, debía mostrarme especialmente resolutivo. Había quedado en verme con el inspector Manrique en un lugar del centro de Madrid, no muy lejos de su Comisaría, a las 10 de la mañana; y había decidido salir de Fuenlabrada temprano, para llegar con tiempo y dar un pequeño paseo por el Retiro antes de la hora de nuestro encuentro.

Cuando entré en el antiguo bar donde me esperaba mi viejo amigo, lo encontré sentado en una de las esquinas más apartadas del local, escondido bajo una amplia gabardina color beige y con el diario de la mañana ocultando sus facciones cansadas. A pesar de ello, no me fue difícil reconocer el característico tic de su mano izquierda, concretamente de sus dedos corazón y anular, que tamborileaban rítmicamente bajo la mesa.

Me senté frente a él, esperando que reparara en mi presencia. Eugenio Manrique no era muy dado a las presentaciones, ni a las palabras, por lo que sabía que debía ir directamente al grano. Pasados unos segundos, el viejo policía levantó la vista y me sonrió a medias. Esta era su forma de decirme que se alegraba de verme. El camarero se acercó y me miró con curiosidad. “¿Quién será el acompañante de este sujeto tan peculiar?”. Pero su única expresión fue una sonrisa cortés:

—¿Qué desea tomar? ¿Lo de siempre, señor? —preguntó.

Aquello me dejo realmente perplejo. A decir verdad, yo no había reconocido al joven que nos atendía, pero él parecía acordarse perfectamente de mí, a pesar de que hacía más de diez años que no pasaba por allí.

—Sí, por favor. Un solo doble con toque de canela. Sin azúcar —respondí, y acompañé la solicitud con una sonrisa sincera. Siempre es agradable que te recuerden allá donde has disfrutado de buenos ratos en el pasado.

El chico dedicó una breve mirada a Manrique, sondeándole en silencio sobre si deseaba pedir otra consumición. Interpreté su expresión al punto.

—Mi amigo está bien, gracias —indiqué.

Sin prolegómenos, el inspector comenzó a hablar…

—Me temo que mi búsqueda no ha resultado demasiado fructífera. Apenas tengo nada que pueda servirte. Sobre Miguel Ángel López apenas un par de antecedentes policiales por posesión de marihuana y una denuncia por exceso de velocidad que, hasta donde sé, no llegó a ningún sitio… Y en relación con el que presumo es su padre, Miguel López, más negro todavía. Nada de nada: está limpio. Dando muchas vueltas me ha llamado la atención que un “Miguel López” aparece en varios expedientes de nuestras bases de datos como abogado de Verónica Mendoza Suárez. Es considerada como una de las mayores terratenientes de la droga aquí, en la capital.

—¿Nada que los relacione con algo turbio? ¿Indicios… nada? —inquirí, sopesando las reacciones de mi antiguo compañero.

—En absoluto. Y comprenderás que, ante eso, poco más puedo hacer. No puedo seguir ni monitorizar a una persona sin algo sólido, sin que podamos atribuirle la condición de sospechoso… Lo vigilaré de cerca, es lo máximo que puedo ofrecerte. Y ya me la estoy jugando.

—Lo comprendo, gracias por todo —musité. Conocía demasiado al inspector como para reconocer cuándo daba por concluida una conversación. Me levantaba, dispuesto a marcharme, cuando me hizo un leve gesto con su mano derecha. La izquierda continuaba con su movimiento convulsivo.

—Sabes que te aprecio. Eres más que un juez, que un colega o un compañero para mí… No sé a qué se debe tanto secretismo, si es que estás metido en algo… pero, a no ser que me traigas algo en firme, te pido que trates de evitar pedirme estos favores. Todos tenemos problemas… y aspiraciones —su expresión buscaba ser amistosa, pero su rictus se había vuelto instintivamente firme.

Conocía a Manrique, solo buscaba recordarme las reglas del juego entre ambos: amigos, pero, en lo profesional, sin confianzas ni felonías. Agradecí su franqueza con un leve gesto de cabeza y abandoné aquel bar, dejando sobre la mesa un billete de diez euros, por las consumiciones… y por las molestias.

Ahora, un nombre se añadía al rompecabezas: Verónica Mendoza Suárez. Debía meditar con cautela mi próximo paso: mi contacto en el CNI, una nueva visita a Adriana o volver a Salamanca… Comenzaba a verlo claro: de mis elecciones presentes podían llegar a depender las alegrías o las desgracias que me pudiera aguardar un futuro no tan lejano.

(Fin del Capítulo 3. Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

C.3-Ep.5. Las dudas

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Madrid, 7 de enero de 2018. 19:25 h.

—¿Mamá? ¿Estáis bien? Os llevo llamando toda la tarde, me teníais preocupado —suspiré cuando la voz de mi madre respondió, por fin, al otro lado del teléfono.

—Hola, Darío, hijo. Sí, estamos bien… es que tu padre y yo hemos salido a dar una vuelta y nos hemos olvidado los móviles en el salón —respondió, apagada, como solía ser habitual—. ¿Qué te sucede? ¿Necesitas algo?

—No, mamá, nada. ¿Estáis en casa? Llamo porque he tenido que venir a Madrid por unos asuntos de trabajo y, si no os importa, quisiera ir a casa a dormir. Solo serían esta noche y la de mañana… el martes tengo que reincorporarme en Salamanca.

—Claro, hijo. Ven cuando quieras. Solo que, como no me has avisado, no tengo preparado nada especial… —se justificó mi madre.

—No os preocupéis, voy simplemente a veros y a pasar la noche. Salgo ahora de Madrid, nos vemos en media hora, más o menos.

Un maremágnum de recuerdos se agolpa en mi cabeza cada vez que vuelvo a casa de mis padres: la indiferencia mal maquillada de mi padre, la impotencia perpetua de mi madre o la ausencia irreparable de David se intensifican cuando Fuenlabrada me abre las puertas o… me atrapa entre sus garras. Por otro lado, retornar me transporta a mi niñez y me recuerda de dónde vengo y todo lo que he logrado en la vida. Eso me permite sentirme, fugazmente, orgulloso de mí mismo.

El ambiente era especialmente frío tras la caída del tímido sol invernal y mi cuerpo se había destemplado mientras paseaba, así que aligeré el paso en busca de mi coche y subí la calefacción en cuanto arranqué y puse rumbo al hogar familiar. Durante el trayecto, traté de poner en orden mis ideas y de idear los pasos que debía dar a partir de ese momento. Para empezar, debía mostrarme firme con mis padres: no podían llegar a sospechar el motivo real de mi viaje a la capital. Apenas conocieron a Miguel Ángel, aunque no les hizo falta para culparle, no sin cierta razón, de mi caída en desgracia casi irreparable tras la muerte de David. Lo que menos necesitaba ahora es una retahíla de advertencias y suspicacias.

Llegué a Fuenlabrada poco más de media hora después. Hacía tres meses desee la última vez, aunque el barrio seguía prácticamente igual a excepción de algunas luces y adornos navideños que aún resistían en pie, engalanando la imagen. Comenzó a nevar tímidamente, y el fino manto blanco que comenzaba a cubrir el suelo regalaba una bonita fotografía a los escasos valientes que nos cruzábamos miradas resignadas por la calle.

Encontré a mi madre terminando de preparar la cena: merluza al horno en salsa verde. Agradecí el gesto; se había esforzado en preparar uno de mis platos favoritos. La merluza de mi madre era, sin duda, la mejor de cuantas había probado a lo largo de mi vida. Mi padre estaba en su pequeño despacho del piso de arriba. En realidad, se trataba de la antigua habitación de mi hermano David. Cuando nos dejó, mi padre optó por la solución pragmática y lo adaptó como lugar de trabajo, con varios ordenadores conectados en red, una pantalla led curva y varios artilugios cuya utilidad nunca tuve muy clara. Debía reconocer que darle un nuevo destino al que había sido el santuario de mi hermano era la mejor idea para intentar difuminar los recuerdos que todavía guardaban sus paredes.

Al verme, mi padre se levantó de su silla y se acercó a saludarme. Un abrazo, frío, como de costumbre, aunque en sus gestos denoté más cansancio del habitual, como si una parte de su fuero interno deseara perdonarme de una vez. Me invitó a pasar y me explicó los detalles de su nuevo trabajo: el desarrollo de un software espía para monitorizar los ordenadores y los terminales móviles que lo tuvieran instalado; un encargo de no sé qué gran empresa asociada a las telecomunicaciones.

Me preguntó el motivo de mi visita y lo precipitado de mi llamada. Ahí debía mantenerme seguro: se trataba de un viaje de trabajo para participar en un par de seminarios durante el día siguiente a petición del Consejo General del Poder Judicial.

—Muy bien, hijo. Me alegro de que hayas decidido venir a vernos —expuso mi padre, no muy convencido.

—Claro, papá. Siento no haber podido avisaros con más tiempo…

La cena transcurrió con normalidad. Mi madre se interesó por mi trabajo, y por mi vida. “Nada nuevo”, les había dicho a pesar de que la perspicacia de la persona que me había traído al mundo no se había quedado conforme con mi respuesta.

Dimos buena cuenta de la merluza y de la macedonia de frutas con que mi madre me obsequió para terminar de endulzar la noche. Debía reconocer que me alegraba de haber decidido pasar estas noches en casa. Cuando terminamos, mi madre se marchó a su cuarto y mi padre volvió a su despacho. Yo me recluí en mi habitación y traté de poner en orden los acontecimientos del día: volver a encontrarme con Adriana me había afectado más de lo que me atrevía a reconocer.

A los pocos minutos, mi madre llamó a la puerta.

—Hijo, ¿puedo pasar? —preguntó. Había un brillo triste en sus ojos que me preocupó.

—Por supuesto, mamá. Es vuestra casa, no tienes que pedirme permiso.

—Bueno… no quiero entrometerme en tus cosas, pero creo que hay algo que te preocupa. Soy tu madre, te lo noto. No tienes por qué contárnoslo, pero quiero que sepas que nosotros estamos aquí para lo que necesites, siempre —estas palabras me emocionaron, aunque me esforcé por mantener la compostura.

—Mamá, no tienes que….

—Darío, sé que desde la muerte de tu hermano tu relación con nosotros, especialmente con tu padre, no ha sido la mejor. Él no supo encajar el golpe y lo pagó con quien menos debía. Por otro lado, tú te alejaste de nosotros. A tu padre no le pasas ni una y él no sabe cómo acercarse a ti. Cariño, tu padre no te odia, ni te culpa por lo que pasó… el mayor miedo que le queda es haberte perdido a ti también. Ya eres un adulto. Quizás deberías dar tú el primer paso… —mi madre siempre ha sido una persona sensata, con una inteligencia emocional especial.

—De acuerdo, mamá. Hablaré con él. Y tú, ¿qué tal estás? —quise saber.

—Por mí no te preocupes. El médico dice que sigo deprimida, pero lo que no entiende es que la pérdida de tu hermano es un golpe del que nunca me recuperaré. Pero he aprendido a sobrevivir con ello y aquí seguiré hasta que Dios quiera —y me sonrió francamente, buscando tranquilizarme.

El sonido de mi teléfono móvil interrumpió la conversación confidente entre ambos, un regalo sincero y necesario que debimos darnos mutuamente hace mucho tiempo.

—Te dejo, hijo, que descanses —se despidió, antes de cerrar la puerta tras de sí.

En la pantalla de mi terminal aparecía una única identificación como “número oculto”, por lo que dudé en atender la llamada. Finalmente, me decidí.

—Sí, ¿quién es? —pregunté, endureciendo la voz todo lo que pude.

—Darío, soy el inspector Manrique. Te llamo desde una línea segura. Sé que estás en Madrid. Debemos vernos urgentemente, mañana por la mañana si puedes. Creo que he descubierto algunas cosas que debes saber.

Colgamos pasados apenas dos minutos, suficientes para fijar la hora y el lugar de nuestra reunión fuera de la Comisaría de Fuencarral. No era prudente que nadie nos viera juntos en dependencias policiales. Ni que decir tiene que lo que en principio pretendía ser una noche tranquila, se tradujo en un desasosiego intenso que me impidió dormir en toda la noche.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

C.3-Ep.4. El pasado

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Madrid, 7 de enero de 2018. 19:15 h. Centro de Madrid, a escasos minutos de la Plaza Mayor.

Adriana fue muy amable ofreciéndome el pequeño cuarto de invitados de su apartamento para dormir las dos noches que pasaría en Madrid, pero logré convencerla de que, por seguridad, la mejor opción sería hacer una visita a Fuenlabrada, por mucho que el solo hecho de pensar en volver nublara mi semblante.

Se han consumido trece años desde que nos dejó David… y, además de un trozo de mi propia existencia, su muerte se llevó por delante la relación con mis padres. Era algo más que un hermano pequeño, algo más que mi mejor amigo. Aún hoy sigo confiándole mis miedos y mis preocupaciones, seguro de que vela por mí desde allá donde esté. Aquel accidente de coche nos sobrepasó a todos; no estábamos preparados para que nos dejara. Mi madre no lo superó: se sumió en una profunda depresión de la que todavía no ha conseguido salir. Tratamientos, psicólogos, fármacos… con suerte si ha conseguido volver a sonreír en algún momento. La reacción de mi padre fue más fría. No le he visto llorar en ningún momento. Recuerdo que en el funeral se mantuvo entero, consolando a mi madre y tratando de rescatarme de la angustia que me corroía por dentro. Debo reconocerlo, en aquellos días su entereza me pareció asombrosa; se convirtió en mi héroe.

La relación entre mi padre y yo nunca ha sido la mejor. He crecido siempre con la sensación de que todas mis decisiones vitales han sido un apunte más en su lista de decepciones. Desde pequeño había tratado de inculcarme su pasión por la informática, los mundos virtuales y la ciberseguridad. He de reconocer que Arturo Luque Vidal había sido siempre un visionario y había abierto caminos que, hace veintitantos años, estaban completamente inexplorados en este país. Ello le había otorgado un reconocimiento y una posición económica envidiables: contratos con el Ministerio del Interior, colaboraciones permanentes con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y con el Centro Nacional de Inteligencia… hasta que devino “su gran bache”, como él comenzó a denominarlo, y lo que un día fueron dinero y fama, se convirtió en rechazo y penurias. Su admirable espíritu emprendedor le había llevado a volver a empezar, a levantarse, pero nunca volvió a ser igual. Desde entonces, su labor se asemejaba más a la de un informático de sistemas modesto que a la del gran hermano que un día se propuso ser.

En cuanto a mí, más allá de una leve curiosidad por su trabajo, nunca consiguió llevarme a su terreno. En mi época adolescente, cuando coqueteé con las Ciencias de la Salud, se esforzó en que siguiera los pasos de su hermano, mi tío Manuel, reputado cirujano en un importante centro hospitalario madrileño. Mi elección por el Derecho le pilló por sorpresa, aunque quizás el día que aprobé la Oposición a Judicaturas fue el único en el que traslucía un verdadero orgullo paterno hacia mí. Creo que estoy yéndome por las ramas… El asunto es que, la actitud heroica de mi padre tras la muerte de mi hermano solo duró hasta su entierro. Cuando su cuerpo desapareció bajo la tierra húmeda, todo fue diferente: Arturo se volvió sombrío, irascible y maníaco. Y, por si fuera poco, comenzó a culparme, siquiera por omisión, de la ausencia de David.

Explicar el porqué de su actitud nunca me ha sido fácil. Supongo que no me perdona que no hubiera sido yo el que condujera aquel coche. No asume que yo no quisiera salir de fiesta por Madrid aquella noche y me quedara en casa estudiando; no acepta mi terquedad cuando me negué a acompañarlo, permitiendo que los irresponsables de sus amigos cogieran el volante… y, a decir verdad, quizás yo tampoco me he perdonado a mí mismo por todo aquello. Tal vez mi padre solo exteriorice lo que yo llevo sintiendo muy dentro desde aquel fatídico día… es probable que le exija cuentas a la vida porque debía haber sido yo el único que no regresara a casa vivo de aquella pesadilla.

Casi me volví loco y mi padre trató de esconder su resentimiento y encauzarme a volver a su lado. Me sugirió que dejara el Derecho, al menos por el momento, y le acompañase en sus proyectos. Mi rotunda negativa fue lo que acabó por romper los lazos padre-hijo. Y, desde entonces, nuestro contacto se reduce a alguna visita de cortesía, una cena incómoda en Nochevieja y una colección de reproches mal disimulados, ante la desesperada e impotente mirada de mi madre.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.