Unionistas de Salamanca, a por su primer título europeo

Javier Sánchez Bernal. Salamanca. 6 de mayo de 2032 – 20:26 h.

Se consumó una sorpresa que no lo fue tanto. Unionistas de Salamanca, club que nació en el barro casi dos décadas atrás para homenajear a la extinta Unión Deportiva Salamanca, consigue llegar a la final de la Copa Metaverso de la UEFA, segunda competición del fútbol continental, tras vencer en los penaltis al todopoderoso Paris-Qatar Saint-Germain, entrenado por Leo Messi.

La entidad salmantina, máximo representante del fútbol popular y democrático en nuestro país, debutó en la Liga Equal —como se conoce a la Primera División por motivos de patrocinio— la pasada campaña, consiguiendo finalizar en una fantástica quinta posición que le dio acceso a plaza europea. En la presente temporada, tras un inicio un tanto irregular, el equipo se ha asentado en mitad de la tabla en la competición doméstica y ha disputado con honores los cuartos de final de la Copa de la República, siendo eliminado con polémica por el F.C. Barcelona.

Europa era su tierra prometida y debían dejarse la piel, declaró el técnico charro en la previa del trascendental encuentro. Y vaya si lo hicieron. Los chicos de De la Nava derrocharon seriedad, rigor táctico y sacrificio y anularon las acometidas de un rival superior en plantilla, pero no en coraje. Supieron sufrir y vencieron: el Manchester United les espera en la gran final.

El encuentro podrá verse por Nueva Televisión Española en digital terrestre y, en el metaverso, a través de Movistar Horizon Sports.


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Imagen tomada de ‘El Tintero de Oro’

Este relato breve, de 249 palabras, ha sido elaborado para el desafío de mayo Microrretos: 2032 propuesto por David Rubio en su blog, ‘El Tintero de Oro’. ¡Espero que lo disfrutéis y, por supuesto, ojalá se haga realidad! ¡Vamos, Unionistas!

Créditos de las imágenes:

Camiseta: ver enlace de tradeinn.com

Logo Unionistas de Salamanca: unionistascf.com/escudo/

92. Bloqueo del ¿escritor? (I): Introducción

Tren a Madrid. 17 de marzo de 2022.

Estoy en un callejón sin salida, en un túnel frío y lúgubre. Llevo demasiado tiempo, quizás, eludiendo poner nombre a la desazón que me invade cuando me enfrento a la superficie blanca, incólume, nívea, fiscalizadora. Tal vez me he refugiado en demasía en la seguridad de lo cotidiano para no afrontar el temblor de los dedos con cada pulso o la espuerta del impostor, sellada bajo mil miedos, tras la cual se agolpan pensamientos, ideas e historias. Ni siquiera me veo capaz de abrir, aquí y ahora, mi corazón de escritor –si es que este realmente existe o si es que una parte de él se esconde entre mis entrañas– y vaciar las espinas de estas tribulaciones atropelladas y mal hilvanadas.

Nunca perseguí sueños vacuos; no me mueven el reconocimiento, los premios ni la popularidad. Es probable, sí, que el aliento de las letras me haya abandonado o que, simplemente, la vorágine de la vida –pandemias, volcanes, calimas y guerras– haya engullido la serenidad necesaria para que otros universos fluyan. No descarto, definitivamente, que se trate de una mala gestión de expectativas o que la inseguridad que me atenaza sea resultado del temor a ser solo uno más en el montón. Muchos inicios ilusionantes, pero ningún final esperanzador.

Echo la vista atrás y reconozco que los desvelos y desvaríos fueron únicamente fútiles palos de ciego; esfuerzos caóticos y desaliñados por la ceguera de la juventud. Además, no debería perder de vista que salí trasquilado de mi primer intento y segundas partes nunca fueron buenas. Es cierto: desde pequeño me enseñaron que rendirse no es una opción, pero, paralelamente, con la edad uno ha de decantarse por aquellas batallas que conviene librar.

Así pues, la clave a discernir es: ¿Debo resistir o desistir? ¿Aguardar o abandonar? ¿Esbozar una nueva línea o poner el punto y final?

¿Próxima parada?

¡Hola, hola! Tras unas semanas de escasa actividad en la Buhardilla (los quehaceres y responsabilidades mandan) vuelvo para participar en un nuevo y complicado desafío propuesto por David Rubio en ‘El Tintero de Oro’. Se trata de los Microrretos: Un cadáver en el ascensor. En esta oportunidad, nos invita a crear un microrrelato de hasta 250 palabras (de género libre) en el que aparezca un cadáver en un ascensor.

Aunque no he cumplido el reto opcional («también puedes inspirarte en uno de los micros que participen para escribir una versión diferente del mismo (p.e. usando otro punto de vista, otra persona del narrador o bien cambiando el estilo narrativo)«), estoy deseando leer las aportaciones de la comunidad que, seguro, nos harán disfrutar y sorprendernos con grandes momentos de lectura.

¡Espero que os guste mi relato!

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Imagen tomada de ‘El Tintero de Oro’

Tratando de sacudirme el viento y la lluvia de aquella mañana glacial, pulsé el botón del ascensor rumbo a la planta veinticinco para iniciar una nueva y tediosa jornada laboral. Un segundo antes de que las puertas se cerraran por completo, Lola accedió de un salto, dedicándome una de esas sonrisas capaces de derretir el tiempo.

—Vamos arriba, ¿verdad? —me preguntó, cómplice, exagerando un gesto de resignación.

—Sí… —tartamudeé, por toda respuesta.

Piso dos. Con el discurrir de los números me vino a la memoria aquella vez en la que estuve a punto de invitarla a un café, pero apareció Pedro, el tipo estirado de contabilidad, para reclamar su atención con algún asunto anodino.

Piso siete. ¿Por qué me fui de aquella fiesta de Navidad de la empresa, un año atrás? Ni siquiera sabía si ella estaba saliendo con aquel tipo de gafas de pasta; un presunto intelectual con pinta de esnob…

Piso quince. Quizás debería lanzarme y proponerle ir al cine. ¿Parecerá un cliché muy anticuado?

Piso veintitrés. ¡Piensa, piensa! Se me acaba el tiempo y solo Dios sabe cuándo volveré a tener la oportunidad de encontrarme con ella a solas. Un sudor frío, ridículo, perla mi frente, avergonzando la escasa entereza que simulo reunir.

Un timbre tenue anuncia el final. Se abren las puertas y Lola abandona, aturdida, el habitáculo. Observo, atenazado por el terror, el cuerpo inerte que yace en una esquina con el rictus desfigurado. No cabe duda: se trata de mi propio cadáver.

(248 palabras)