2. Tic, tac

Cabizbajo y avergonzado, como un niño al que descubren haciendo trampas en un examen de colegio. Ya no había nada que yo tuviera que hacer allí, así que lo mejor era desaparecer haciendo el menor ruido posible. Había estado a punto de conseguirlo, ¡sí!, lo había rozado con la punta de mis dedos. Pero, de repente, el tiempo se había esforzado y era tarde. El reloj avanzaba veloz, burlándose de mi maldita mala suerte. Era tarde… Allí la abandoné, susurrándome una sonrisa en el vacío y dibujándome un beso. Ella no quería dejarlo, pero era tarde… Caminé mirando atrás, enterrando lo que un día había sido un gran sueño.

Veinte años después seguía sintiendo una punzada de dolor al recordarla. Su simple imagen se había convertido, con el discurrir de los otoños, en la más amarga de mis fantasías.

1. Promesa en soledad

Desde que ella se fue, no era más que un sujeto vicario de mí mismo, una sombra de aquel joven que fui; pero no podía desfallecer. Mi vida se había enredado en un columpio sinuoso de suertes e infortunios que habían convertido la supervivencia en mi único baremo. Y, sin embargo, ahora, estaba ante el caso más importante de cuantos había defendido: la vista por la custodia comenzaría en unos días y debía estar preparado. Si lograba convencer al tribunal de la inocencia de mi cliente, cambiaría la historia y, con ella, mi carrera. Repasaba cada una de las pruebas al ritmo de aquella música pausada, que me transportaba a un lugar mejor. Esta vez no podía fallar; no podía defraudarme a mí ni a ella. Debía dejarme la piel para que se supiera la verdad. De una vez para siempre.