4. Felicidad compartida

Levantó la vista al cielo azul y sonrió. ¡Sí! Después de tantos sinsabores, de tantas lágrimas y de tantas preguntas sin respuesta que le había impuesto la vida, podía decir que ahora era feliz. Quizás no fuera el más listo, ni el más guapo, pero era el más afortunado de cuantos seres humanos había conocido; a buen seguro el más dichoso de cuantos alguna vez respiraron el oxígeno del aire. Poco a poco fue sintiéndose mejor, conforme se acercaba a la orilla de aquella playa de arena fina y de aguas insultantemente cristalinas. El sueño de su vida, por fin cumplido. Cuando estuvo lo suficientemente próximo como para dejarse llevar por la brisa y el rumor de las olas frente a él, se giró.

A su lado, ella: su más fiel compañera, su amiga, su amante, su todo. La que no lo abandonó cuando perdió su magnífico trabajo, ni cuando el accidente de coche le arrebató sus piernas… y su ilusión. Ahora ella estaba tras él, empujando su silla de ruedas, y también sonrió. En aquel instante comprendió que no necesitaba más para sentirse pleno.

3. Cuenta atrás

Aquella mujer seguía siendo atractiva, a pesar de que el paso de los años había palidecido sus facciones y endurecido sus rasgos. Mantenía, cuanto menos a mis ojos, una belleza sin estridencias, aunque palpable, fruto sin duda de la genética, pero también de una vida dedicada a cuidarse. En su juventud había sido una chica alocada, de esas que viven cada día al límite sin reparar en las consecuencias de sus actos. Las canas le habían otorgado una sensatez y una sensibilidad profundas; así, todo ello conformaba una personalidad penetrante que atraía a cualquiera que se acomodara a su alrededor.

La vida la había tratado bien, por así decirlo. Por eso, cuando una buena mañana un hombre joven, completamente vestido de negro, se presentó ante su puerta, supo que había llegado el momento: la cuenta atrás estaba en marcha.

2. Tic, tac

Cabizbajo y avergonzado, como un niño al que descubren haciendo trampas en un examen de colegio. Ya no había nada que yo tuviera que hacer allí, así que lo mejor era desaparecer haciendo el menor ruido posible. Había estado a punto de conseguirlo, ¡sí!, lo había rozado con la punta de mis dedos. Pero, de repente, el tiempo se había esforzado y era tarde. El reloj avanzaba veloz, burlándose de mi maldita mala suerte. Era tarde… Allí la abandoné, susurrándome una sonrisa en el vacío y dibujándome un beso. Ella no quería dejarlo, pero era tarde… Caminé mirando atrás, enterrando lo que un día había sido un gran sueño.

Veinte años después seguía sintiendo una punzada de dolor al recordarla. Su simple imagen se había convertido, con el discurrir de los otoños, en la más amarga de mis fantasías.