Amigo/a visitante de esta Buhardilla.
Vivimos en España —o en las Españas, como diría Diego Alatriste y Tenorio— tiempos convulsos en esto de la política. Habiendo sido convocadas ya las cuartas elecciones generales en cuatro años, son muchas las preguntas que nos asaltan a propios y extraños. Quizás pueda resumir todas ellas en un incrédulo: ¿por qué? Sea como fuere, la única verdad es que nos veremos las caras en los colegios electorales, de nuevo, el próximo 10 de noviembre.
Y, para deshacer posibles expectativas que no podría cumplir, en estas líneas no vas a encontrar ninguna respuesta a esas cuestiones; si conociera cuál es la solución a este entuerto que ha convertido el país en un territorio ingobernable, seguramente estaría ganándome la vida como asesor, o en algún plató de televisión.
Pero, como decía, uno no puede evitar reflexionar sobre por qué los partidos políticos mayoritarios no han sido capaces de cumplir con el mandato popular resultado de las últimas elecciones generales, celebradas el pasado mes de abril. Por qué los dos partidos que se dicen de izquierdas —que habrían alcanzado una mayoría estable de haber llegado a acuerdos— han estado jugando al gato y al ratón durante semanas, con ofertas y contraofertas infantiles, donde uno y otro rechazaban y criticaban todo lo que venía del lado opuesto, incluso aunque coincidiera con demandas que alguno de los dos había formulado inicialmente. O por qué la bancada conservadora solo se ha dedicado a destruir, sin plantear una sola vía de acuerdo de mínimos o de grandes consensos de Estado. Por qué las derechas se han escondido tras su butacón, con la bolsa de palomitas y el refresco; como si el hecho de no ganar una elección te diera un salvoconducto para desaparecer, para olvidarte de tus votantes y de tu sentido de la responsabilidad institucional con el conjunto de los electores.
Y, con este panorama, una duda razonable: si, como parece, los próximos comicios pueden arrojar resultados semejantes entre los dos bloques ideológicos a los obtenidos en la última cita electoral, ¿los políticos van a desoír, una vez más, lo que la ciudadanía les exige? ¿Qué distribución de poder están buscando nuestros gestores para dejar de despilfarrar millones del dinero de todos en poner en marcha la maquinaria electoral?
En este contexto, el electorado se enfrenta a otro cuestionamiento fundamental: ¿por qué debo ir a votar? Como acertadamente me comentaba alguien el día de ayer, las motivaciones para ejercer nuestro derecho al voto tradicionalmente se han clasificado en dos grandes grupos: aquellas de índole ideológica —voto a quien mejor representa mis ideales y mi modelo de organización política— o aquellas de carácter más pragmático —voto a un determinado líder porque lo considero el más capacitado o bien, voto a una opción política para hacer contrapeso a la que supongo que va a ser la elección mayoritaria; esto es, voto a Pepito para que no gane Juanito—.
Pero, en el contexto español actual, el asunto es más complejo. ¿Qué sucede con aquellos votantes que no se sienten plenamente representados por nadie y que han visto que su voto pragmático ha sido desatendido? ¿deben ejercer su derecho constitucional al voto o deben abstenerse? ¿deben elegir una opción, o votar en blanco o nulo? Como te alertaba al principio, no tengo respuestas a estos ni otros interrogantes. Pero sí estoy convencido de algo: votar siempre es mejor que no hacerlo. Que se nos escuche siempre dará mejor resultado que mantenernos en silencio, siquiera porque quien vota ha hecho uso de un derecho legítimo que nos llevó mucho tiempo y esfuerzos conseguir; siquiera porque quien vota puede criticar, con mayor autoridad, las decisiones de los representantes frente a aquellos otros que solo se quejan y reclaman, pero no han movido un dedo para cambiar las cosas.
Cada cual es libre para guiarse por los criterios que estime oportunos. Cada quien es libre de votar a quien desee, o, incluso, de no hacerlo. Pero permitidme terminar con un convencimiento: si nosotros, como sociedad, reclamamos responsabilidad a nuestros representantes, también debemos hacer uso de ella a la hora de manifestar nuestra voluntad respecto de los asuntos públicos; esos que nos conciernen a todos.