90. Secreto de sumario (VII)

—¡Pero qué…! ¿Se puede saber qué clase de broma es esta? —espeté, visiblemente nervioso, mientras mis dedos tamborileaban en la mesa, tratando de marcar el ritmo a mis latidos desbocados.

—Hagamos un trato. Usted contesta a mis preguntas y yo le sirvo otra taza de café, ¿de acuerdo? Parece que el sabor le ha devuelto la lozanía al rostro…

Me sentía frustrado por el hecho de que mi acompañante estuviere manejando la reunión y mi voluntad a su antojo. Tuve que respirar profundamente antes de aceptar una segunda taza de Arábica. Siendo práctico, me dije, de aquel extraño lugar podría conservar en mis papilas aquella delicia importada de Brasil.

La chica me sirvió nuevamente, con extrema eficiencia y se sentó frente a mí, endureciendo de nuevo su expresión.

—Y ahora, por favor, sea franco. ¿Qué es lo que sabe?

Su condescendencia comenzaba a hervirme la sangre.

—No se haga la ingenua conmigo. A estas alturas tengo claro que usted me sigue desde a saber cuándo. En resumen, el jueves un compañero de trabajo…

—El señor Suárez —me interrumpió ella.

—Remigio Suárez, el mismo que viste y calza —confirmé apático—. Me dijo que tiene un amigo en la competencia que maneja algo gordo, pero que él no lo puede publicar. Y que si me interesaría tirar del hilo. Esa misma noche recibí su primer mensaje. Desde entonces, me ha tenido usted jugando a las adivinanzas… Y aquí estoy, expectante por saber qué jueguecito se trae entre manos.

—Está bien, vamos al grano. ¿Recuerda el caso de Manuela Quijada?

—Por supuesto, la ganadora del Ortega y Gasset de 2011. Desaparecida desde el día después de recoger el premio.

—Exacto. Pues bien: Manuela falleció una semana más tarde de la última vez en que fue vista.

—¿Cómo? ¿Y usted como lo sabe?

—Por el momento, eso no le incumbe. Escúcheme bien: el soplo en el medio de Mornende es peccata minuta. Un caso de corrupción regional. Saldrá en una web anónima dentro de unas semanas. Lo importante que debe tener en cuenta ahora es que la trama de delincuencia organizada es mucho mayor, a escala internacional. Una organización, cuyo nombre no le puedo revelar, mueve más de mil billones de euros anuales alrededor del mundo en todo tipo de chanchullo que huela a delito: drogas, armas, trata, corrupción… No se libra nadie: abogados, jueces, futbolistas, curas y médicos; además de más de la mitad de gobiernos de Europa e Iberoamérica. La cuestión es que ese entramado tiene una división de ‘limpieza’. Se cargan a cualquiera que ose siquiera dar un paso para acercarse a ellos.

Mi cara se contrajo y, junto a mis ojos desorbitados por el estupor, debía parecer un cuadro de Munch.

—…Y a usted lo necesitamos vivo. Debe infiltrarse en esa organización y sacar toda la mierda que pueda.

La sorpresa dio paso a la indignación.

—¿Y por qué yo? ¿Qué gano aceptando el mayor marrón de mi vida de alguien de quien ni siquiera conozco su nombre?

—Es posible que, de ahora en adelante, usted pierda más cosas de las que llegue a ganar.

—¿Y qué razón tendría entonces para decir que sí?

—Si aprecia su vida, amigo mío, me temo que no le queda otra opción. Si se niega —susurró serena, señalando el folio que todavía tenía delante— no podré hacer nada para evitar que sea su cara la que aparezca, más pronto que tarde, en una portada como esa.

86. Secreto de sumario (VI)

Mi primer impulso fue encender la linterna del teléfono móvil; no me hacía ninguna gracia tropezar y acabar con mi cara estampada en el suelo. Sin embargo, la voz sin rostro me advirtió que cerrase la puerta. Un dispositivo de seguridad se accionó y, de forma automática, una potente luz led iluminó la estancia, descubriendo a mi acompañante. Una joven, en apariencia de unos 29 o 30 años, me miraba con unos penetrantes ojos negros. Su gesto, serio y profesional, me indicó que no me había invitado a hacer turismo. Siempre he sido una persona insegura y aquella situación acrecentaba mis fantasmas.

—Siéntese —señaló una silla frente a ella, separados por una impresionante mesa de caoba —¿le apetece un café o un té; agua o un refresco tal vez?

—Gracias. Un café estaría bien. Solo. Sin azúcar, por favor.

Traté de recuperar el aplomo mientras mi interlocutora preparaba la bebida caliente. Me encontraba en un espacio tipo apartamento, con un amplio salón-comedor, cocina americana abierta y un pequeño dormitorio separado tan solo por una cortina. La única puerta interior ofrecía intimidad a lo que supuse era un minúsculo cuarto de baño. El lugar presentaba una decoración sobria, nada esmerada, y parecía, antes que una vivienda, un centro de operaciones o un alojamiento de paso.

—Quién es usted y qué hago aquí… —pregunté, con mayor vehemencia en la mirada que en las palabras.

—Sea paciente. De momento, disfrute del café. Se trata de una variedad exclusiva de Arábica, importada directamente de Minas Gerais —me respondió, regalándome de nuevo una muestra más de una personalidad arrolladora.

—Dígame, al menos, cuál es su nombre…

—Como comprenderá, no le he sometido a este sofisticado juego de pistas para revelarle mi identidad a las primeras de cambio. Relájese; siéntase en su casa, señor Yagüe.

La joven caminó hacia mí, sosteniendo sus ojos sobre los míos y una leve sonrisa pugnó por dibujarse en sus labios. Al llegar a mi altura, su expresión se intensificó, buscando infundirme una seguridad que había perdido en algún lugar de la ciudad bastantes minutos atrás. Un instante después, en un nuevo movimiento calculado, se afanó buscando en uno de los armarios situados en el espacio que hacía las veces de dormitorio. Aprovechando el impás, me deleité con el color y el aroma, la textura y el sabor intenso de la taza humeante que sostenía en mis manos. Exquisito, embriagador, eléctrico; el mejor bálsamo para mi zozobra. Hasta ese extremo demostraba conocerme mi anfitriona.

Cuando apuré el delicioso líquido castaño, mi acompañante volvió a tomar asiento y me tendió un folio tamaño A3 con una impresión en color. Un escalofrío de miedo me estremeció el cuerpo y me demudó el rostro al comprobar el contenido: tenía ante mí la primera página del diario de la competencia, ese donde todavía trabajaba el contacto de Suárez, del día 12 de enero, es decir, tres días después de aquella noche de sábado en la que yo estaba asistiendo, incrédulo, a tan inesperado e irracional encuentro.  

El titular, presidido por un crespón negro que ocupaba prácticamente la totalidad de la portada, no dejaba lugar a dudas: Va por ti, Manrique. La entradilla, en letra ligeramente más pequeña, rezaba: Nuestro compañero apareció muerto anoche, alrededor de las cinco de la madrugada, en extrañas circunstancias. La policía no descarta ningún móvil, aunque se barajan hipótesis relacionadas con sus recientes investigaciones.

Día 30: «Un reto hipnótico»

¡Hoy termina el reto: “Una palabra por 30 días”! Desde el pasado 10 de mayo, he publicado un post diario con un microrrelato que contuviera la palabra correspondiente de la siguiente imagen. Por ser esta la última narración, he decidido que contendrá 500 palabras, la extensión máxima que me propuse al inicio.

Si todavía quieres participar y dejarme tus creaciones en los comentarios, o si no has podido seguir cada texto durante el mes, puedes leerlos y consultar las bases, aquí.


* . * . *

Día 30 (final): 8 de junio de 2021

Palabras del día: Todas las del reto

Extensión: 500 palabras

—Un, dos, tres… ¡duerme! Andrés, ¿está conmigo? Comienza la película de su vida. Dígame qué ve.

—Soy yo, en mi infancia; debo tener unos siete años. Estoy en el aeropuerto, a punto de tomar un ascensor. En la planta superior me espera mi padre: voy a volar en avión con él por primera vez.

—¿Y cómo se siente?

—Bien, un poco nervioso, pero estoy muy emocionado.

—De acuerdo, de acuerdo. Avancemos un poco. Vamos al día en que cumplió doce años. Cuénteme qué sucede.

—Mis padres han preparado una gran fiesta e invitado a todos mis amigos. Soy muy feliz porque me han regalado, al fin, la bicicleta que tanto tiempo he deseado.

El paciente comienza a llorar desconsoladamente.

—Andrés, ¿qué ocurre?

—Mi madre. No está. El atardecer se vuelve gélido y la naturaleza del gran jardín trasero se agita. Escucho gritos por todas partes y mi padre corre hacia la piscina. Mi abuela me pide que suba con mi hermana a mi habitación y que no volvamos a bajar hasta que ella nos avise. Me asomo a la ventana y observo, en la distancia, su cuerpo inerte, como si fuese un muñeco de trapo. Mi hermana vocifera y convulsiona; nunca la he visto así.

—Trate de continuar…

—¡No, espere un momento! Me encuentro ahora en la casa de mis abuelos, frente a un impresionante retrato en madera de mi madre. Hay velas y muchas flores a mi alrededor…

No está funcionando. Debo encontrar la huella emocional de su trastorno ansioso-depresivo. Asumiendo el riesgo, he de ser más incisivo ahondando en sus recuerdos.

—Andrés, escuche mi voz. Ahora tiene usted veinticinco años. Descríbame el día de su boda.

—Mi esposa está radiante; el vestido blanco potencia el brillo de sus iris color té con limón. Mi sobrinita, de cinco años, anuncia, a voz en grito, que el sacerdote viste unas zapatillas Converse de color rojo. ¡Es épico! ¡Mi hermano no sabe dónde meterse! ¡Apenas se puede seguir con la Eucaristía por la algarabía que se ha montado!

Inmediatamente, su voz se trunca y comienza a temblar.

—Salimos de la ceremonia. Mi cuñada y la niña se montan en el coche y… y…

Andrés, mi paciente, se derrumba de nuevo. Por hoy, debo dejar de vagar de rama en rama y despertarlo o el trauma puede empeorar. El pez león (o Pterois antennata) del acuario que preside mi consulta se remueve incómodo tratando de hacerme comprender que se ha cansado de buscar la perla dentro del cofre que ornamenta el fondo. No sé; tal vez no sea muy ético reconocerlo, pero presiento que este caso tiene duende. Quisiera hacer mucho bien al pobre hombre que sufre tumbado en el diván.

—Muy bien, Andrés; lo ha afrontado estupendamente. Es suficiente por hoy. Voy a contar, regresivamente, del diez al uno y cuando chasquee mis dedos, despertará, ¿de acuerdo? Diez, nueve, ocho…

Abre los ojos, desorientado.

—Ha sido realmente intenso, pero hace progresos. La próxima semana continuaremos. ¿Le apetece a usted un dulce?