El dolor, un enemigo silencioso

Amiga/o visitante de la Buhardilla:

Hace tiempo que quiero reflexionar sobre un tema sobre el que, desde luego, tendría muchas cosas que decir: el dolor físico y cómo afecta a la vida diaria. Por ello, es probable que no agote mi experiencia en estas líneas. Lo cierto es que el dolor es una respuesta necesaria de nuestro cuerpo, pero resulta una experiencia subjetivamente muy desagradable.

Comencemos por el principio: no me refiero aquí al dolor puntual, agudo —el cual, por supuesto, genera evidentes inconvenientes—, sino a aquel que se padece de un modo crónico, diario y persistente, sin la opción real de que terapia o medicación alguna lo aminore.

Esta clase de dolor, continuo e inmisericorde, no solamente reduce la capacidad física y la energía —¡ojalá solo hiciese eso! —, sino que afecta decisivamente al plano anímico y emocional: cambios de humor, frustración, apatía, depresión. Sin duda, el dolor físico afecta a la salud mental. Y, en gran medida, contribuye a esta situación la incertidumbre. No saber cómo abordar el dolor o si este tendrá algún remedio, afecta decisivamente a quien lo sufre, pues la fuerza de voluntad es un ingrediente fundamental en cualquier tratamiento.

El dolor es una experiencia absolutamente imposibilitante; te impide disfrutar del día a día y se refleja en todos los órdenes de la vida personal y profesional. Conlleva la pérdida difícilmente reversible de independencia y seguridad en uno mismo, lo cual no solo se manifiesta en el plano individual, sino también en las relaciones sociales reduciendo, con ello, la autoestima—.

El dolor, no importa la intensidad del mismo —pues la valoración es puramente subjetiva—, no solo incide negativamente en la salud; resta, en definitiva, calidad de vida.

Y tú, ¿qué opinas?