87. Por el bien de la tierra

La emergencia climática nos acucia. Hace casi cinco años, mis compañeros y yo decidimos pasar a la acción: abandonamos la representación y defensa particulares y reunimos a una serie de Organizaciones No Gubernamentales que luchan por el bienestar medioambiental y la conservación de los ecosistemas. Nuestro planteamiento era sencillo: prestaríamos orientación jurídica gratuita a todas las entidades que se sumasen al proyecto. A cambio, nuestra única intención y beneficio sería mantener el compromiso con un futuro que, cada vez, se antoja más vulnerable. Nos encargaríamos de preparar, asistir y gestionar cualquier asunto o pretensión para la que nos requiriesen. La iniciativa tuvo más éxito del que esperábamos y, hoy en día, podemos reconocer orgullosos que acompañamos a más de cien organismos, públicos y privados. Hace unas semanas, participamos en los trabajos de definición del ecocidio como crimen internacional y estamos realmente satisfechos. Nuestro camino continúa, con más ilusión que nunca.

No es cierto que solo las grandes empresas tengan capacidad de mitigar los efectos del cambio climático. Cada uno, individualmente y desde sus responsabilidades, puede y debe involucrarse en la defensa del planeta. Nosotros estamos decididos a seguir adelante y animamos a todos los agentes sociales a que se sumen a este movimiento. Por supuesto, más allá de nuestra asesoría legal, trabajaremos para que las administraciones y gobiernos presten una atención real a la que es, tal vez, la mayor emergencia mundial. ¡El tiempo para revertir la situación se agota!

Juego limpio

Casi desde el otro lado del mundo, os traigo mi participación en el reto “Escribir jugando” del mes de junio de 2021, propuesto por Lídia Castro en su blog. Como es habitual, para mi propuesta me he inspirado tanto en la imagen principal (carta de la izquierda) como en el objeto del dado: el mundo. También he seguido el reto opcional: que aparezca en la historia algo relacionado con “Impresión, sol naciente” de Claude Monet (año, pintor o el lienzo) (carta de la derecha), en concreto, haciendo referencia al año de 1872.

¡Espero que lo disfrutéis y un abrazo a todos/as desde Chile!

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Imágenes tomadas de “El Blog de Lídia”. Montaje propio.

La tradición de deportistas en su familia, recordó al respirar por primera vez el aire de la capital nipona, se remontaba a su tatarabuelo, cuya gesta, como recogían los periódicos de la época, asombró al país en 1872. Por su parte, desde que tenía uso de razón, había recorrido el mundo, acompañado de su madre: campeonatos infantiles, juveniles y absolutos; nacionales e internacionales.

Y, cuando había perdido toda esperanza, llegó la recompensa: la Villa Olímpica de Tokio lo saludaba, imponente aunque acogedora. Constancia y resiliencia; espíritu de superación y una fe inquebrantable lo habían llevado hasta allí. Turno para disfrutar.

(100 palabras)

¡Sí, quiero!

Iquique (Chile). Fotografía propia.

Dicen que el destino siempre te brinda la oportunidad de cumplir tus sueños. En aquellos días, comenzábamos al fin a ver la luz al final de aquel dramático túnel que había significado la pandemia por el maldito bicho (así bauticé al SARS-CoV-2, ¿te acuerdas?) y una sola mirada entre los dos fue suficiente para reafirmarnos en nuestra decisión: había llegado nuestro momento. Cuánto habíamos suspirado, meses atrás, por reencontrarnos, mientras la emergencia sanitaria nos obligó a permanecer separados (solo por kilómetros). Sufrimos, crecimos, amamos por encima de todo. Y, tras las incertidumbres y dificultades propias del contexto, el maravilloso regalo de acariciarnos, de mirarnos frente a frente se hizo realidad: primero en Chile; después, en España. Juntos habíamos derribado un sinfín de barreras que, para otros, habrían resultado insalvables.

Julio de aquel verano. Llegábamos a la sala de embarque en el instante en que realizaban la última llamada para el vuelo de Madrid con destino Santiago de Chile. Una alegría penetrante, indescriptible, nos desbordaba de la cabeza a los pies: cruzábamos, de la mano, el gran océano para estrechar de nuevo a nuestra familia chilena, que nos esperaba con el corazón en fiesta y las puertas (y los brazos) abiertos.

Agosto de aquel verano. ¿Cómo describir esa sensación de felicidad que te hace estremecer hasta el último centímetro del cuerpo? Así me sentía yo, radiante, al observarte caminar a mi encuentro, de blanco inmaculado y con aquella sonrisa capaz de elevarme al cielo. Te colocaste a mi lado, tomaste mis manos y susurraste: “contigo, me siento plena, no necesito más”. Una lágrima rebelde, que no se había estudiado el libreto de la compostura, asomó valiente para desnudarme el alma. Y yo, algo torpe por la emoción, solo atiné a responderte: “contigo, donde la vida nos lleve”.

No hemos derrochado lujos, empero hemos disfrutado del desierto, del mar y de la montaña. No imagino mayor dicha que la que me procura tu compañía. Aquel día te miré, como sigo haciéndolo cada día, y supe que los azares de nuestra suerte, tal cual acaeciera, y las dificultades del camino nos harían más fuertes. Hoy escribo estas palabras, tras moler mi café y preparar tu tetera: aquel fue, como lo son todos desde entonces, el verano de nuestra vida.

(376 palabras, sin contar el título).

Relato presentado en el concurso de Zenda Libros: #elveranodemivida.