C.1-Ep.2. El detalle

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Salamanca, 18 de diciembre de 2017 – 18:15 horas. Facultad de Derecho. Universidad de Salamanca.

Terminaba la clase, por fin. No había disfrutado contándole a los pequeños juristas la diferencia entre dolo e imprudencia. Por primera vez, deseé que llegara la hora de marcharme. “¿Qué me pasa? Tal vez sea verdad; puede que no sea la misma persona que aquella que pisó la Facultad de Derecho de la Complutense, por primera vez, hace quince años…

¿Qué hora es? ¡Mierda! En media hora empieza la defensa de la tesis de Javier y aún tengo que recoger las cosas”. La verdad es que, precisamente aquel día, no tenía el cuerpo para festivales, pero le había prometido al Catedrático, que además era el presidente del Tribunal de Tesis, que haría lo posible por acercarme al Palacio Maldonado. Javier es un buen chico, educado y siempre dispuesto cuando se le necesita. El tema de su tesis, sin embargo, me parecía de esos novedosos que cada vez son menos Derecho penal. Aun así, me habían comentado días antes que había realizado una investigación bastante rigurosa y no estaba de más apoyarle en ese momento importante de su carrera académica. Así que, decidido, entré en el despacho de la Facultad para preparar lo necesario para la próxima clase y me dispuse a salir lo antes posible en dirección a la Plaza de San Benito.

Lo primero que buscaron mis manos, compulsivamente, fue el teléfono móvil. Nada. No había respuesta. Traté de no abatirme, coleccionando argumentos absurdos para excusar su silencio: “Seguramente no lo habrá visto” o “Es muy probable que en este tiempo haya cambiado de número”. Afanado en consolarme, no reparé en algún pequeño detalle del chat de Whatsapp que habría resuelto las dudas de inmediato.

Conforme me alejaba del edificio universitario y mi voluntad trataba de guiarme hasta el lugar del acto académico de la defensa, mis pies decidieron, sin embargo, tomar otros derroteros y cambiar el rumbo. Cuando volví a ser plenamente consciente de mi alrededor, me encontraba abriendo el portal de mi domicilio. Por cortesía, envié un mensaje al Catedrático disculpando mi ausencia por tener trabajo urgente que resolver y subí las escaleras hasta el segundo piso.

Confuso, pero extrañamente aliviado por encontrarme en casa, me dirigí a la cocina, en busca de alguna cosa rápida para cenar. El frigorífico se encontraba prácticamente desierto, a excepción de media pizza precocinada que me había sobrado la noche anterior. “Esto servirá”. Abrí una lata de Estrella Galicia, me acomodé en el pequeño salón de mi apartamento y encendí el ordenador portátil. “No. No está bien. No debería hacerlo”. Pero, como me había ocurrido cuando salí del Campus, mi voluntad volvió a perder la partida. Ante mí, como tantas otras veces en las últimas noches, el motivo de mis desvelos.

 

Ha llegado la hora” … “Por los viejos tiempos”. Malditos viejos tiempos. Era él, seguro; solo podía ser él… o una broma de mal gusto. Lo único cierto es que, en mi foro interno, yo sabía que era algo muy real y, por ello, intuir de lo que el Solucionador podía ser capaz me encrespaba la piel… y el alma. Yo, mejor que nadie, entendía qué significaba aquel abrazo con el que se despedía. Hay amores que matan y afectos que rematan.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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