C.3-Ep.4. El pasado

Nota del autor: Del diario de DARÍO LUQUE.

Madrid, 7 de enero de 2018. 19:15 h. Centro de Madrid, a escasos minutos de la Plaza Mayor.

Adriana fue muy amable ofreciéndome el pequeño cuarto de invitados de su apartamento para dormir las dos noches que pasaría en Madrid, pero logré convencerla de que, por seguridad, la mejor opción sería hacer una visita a Fuenlabrada, por mucho que el solo hecho de pensar en volver nublara mi semblante.

Se han consumido trece años desde que nos dejó David… y, además de un trozo de mi propia existencia, su muerte se llevó por delante la relación con mis padres. Era algo más que un hermano pequeño, algo más que mi mejor amigo. Aún hoy sigo confiándole mis miedos y mis preocupaciones, seguro de que vela por mí desde allá donde esté. Aquel accidente de coche nos sobrepasó a todos; no estábamos preparados para que nos dejara. Mi madre no lo superó: se sumió en una profunda depresión de la que todavía no ha conseguido salir. Tratamientos, psicólogos, fármacos… con suerte si ha conseguido volver a sonreír en algún momento. La reacción de mi padre fue más fría. No le he visto llorar en ningún momento. Recuerdo que en el funeral se mantuvo entero, consolando a mi madre y tratando de rescatarme de la angustia que me corroía por dentro. Debo reconocerlo, en aquellos días su entereza me pareció asombrosa; se convirtió en mi héroe.

La relación entre mi padre y yo nunca ha sido la mejor. He crecido siempre con la sensación de que todas mis decisiones vitales han sido un apunte más en su lista de decepciones. Desde pequeño había tratado de inculcarme su pasión por la informática, los mundos virtuales y la ciberseguridad. He de reconocer que Arturo Luque Vidal había sido siempre un visionario y había abierto caminos que, hace veintitantos años, estaban completamente inexplorados en este país. Ello le había otorgado un reconocimiento y una posición económica envidiables: contratos con el Ministerio del Interior, colaboraciones permanentes con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y con el Centro Nacional de Inteligencia… hasta que devino “su gran bache”, como él comenzó a denominarlo, y lo que un día fueron dinero y fama, se convirtió en rechazo y penurias. Su admirable espíritu emprendedor le había llevado a volver a empezar, a levantarse, pero nunca volvió a ser igual. Desde entonces, su labor se asemejaba más a la de un informático de sistemas modesto que a la del gran hermano que un día se propuso ser.

En cuanto a mí, más allá de una leve curiosidad por su trabajo, nunca consiguió llevarme a su terreno. En mi época adolescente, cuando coqueteé con las Ciencias de la Salud, se esforzó en que siguiera los pasos de su hermano, mi tío Manuel, reputado cirujano en un importante centro hospitalario madrileño. Mi elección por el Derecho le pilló por sorpresa, aunque quizás el día que aprobé la Oposición a Judicaturas fue el único en el que traslucía un verdadero orgullo paterno hacia mí. Creo que estoy yéndome por las ramas… El asunto es que, la actitud heroica de mi padre tras la muerte de mi hermano solo duró hasta su entierro. Cuando su cuerpo desapareció bajo la tierra húmeda, todo fue diferente: Arturo se volvió sombrío, irascible y maníaco. Y, por si fuera poco, comenzó a culparme, siquiera por omisión, de la ausencia de David.

Explicar el porqué de su actitud nunca me ha sido fácil. Supongo que no me perdona que no hubiera sido yo el que condujera aquel coche. No asume que yo no quisiera salir de fiesta por Madrid aquella noche y me quedara en casa estudiando; no acepta mi terquedad cuando me negué a acompañarlo, permitiendo que los irresponsables de sus amigos cogieran el volante… y, a decir verdad, quizás yo tampoco me he perdonado a mí mismo por todo aquello. Tal vez mi padre solo exteriorice lo que yo llevo sintiendo muy dentro desde aquel fatídico día… es probable que le exija cuentas a la vida porque debía haber sido yo el único que no regresara a casa vivo de aquella pesadilla.

Casi me volví loco y mi padre trató de esconder su resentimiento y encauzarme a volver a su lado. Me sugirió que dejara el Derecho, al menos por el momento, y le acompañase en sus proyectos. Mi rotunda negativa fue lo que acabó por romper los lazos padre-hijo. Y, desde entonces, nuestro contacto se reduce a alguna visita de cortesía, una cena incómoda en Nochevieja y una colección de reproches mal disimulados, ante la desesperada e impotente mirada de mi madre.

(Continuará…)

Texto y argumento revisados por Sara García.

Publicado por

Javier Sánchez Bernal

Licenciado en Derecho, Máster Universitario en Corrupción y Estado de Derecho y Doctor por la Universidad de Salamanca. Líneas de investigación: Derecho penal económico, Derecho y deporte, corrupción pública y privada. Proyecto de escritor.

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